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(Este reto consiste en escribir, cada mes, un relato de 5 líneas que incluya las tres palabras propuestas. Si eres nuevo por aquí, te pido que leas cuidadosamente las normas.)

FEBRERO:

Manos, entiendo y pasillo.

 

Ya no escucho a nadie. Soy la única que entiendo mis pasos, la única que maneja mis manos. He pasado demasiado tiempo de habitación en habitación, haciendo lo que otros decían que era mejor para mí. Guiando mi vida con palabras que eran de ellos, que no hablaban de mí. Ahora estoy sola en este pasillo. Oigo voces tras las puertas, pero la única que me importa es la que sale de mi corazón. Pongo un pie delante del otro. Por fin estoy aprendiendo a caminar.
Por Adella Brac.

 

Mi casa, la de mis padres, la de mis hermanos, la de mis tías, era una casa especial. Yo era el pequeño de entre todos mis primos, el niño. Era en el pasillo, donde mis tías y mi madre hacían largas tertulias, y yo, pequeñito, las escuchaba hablar, discutir, reír. Vi las manos de mis tías y de mis padres envejecer, y acaricié hasta el último momento la mano de mi madre cómo ella acarició la mía cuando necesité su cariño … y aún hoy, entiendo que lo sigo necesitando.
Por Lorenzo.

 

En un barrio céntrico, en el cogollo de la ciudad, haciendo esquina en un edificio de seis o siete plantas, según el flanco por el que se mirara, hay una pequeña tienducha –«Infusiones Abráldez», pone en la fachada– que vende todo tipo de hierbas para hacer bebedizos medicinales, o eso se supone, claro, pues, pasillo al fondo, la tienda da a un lugar secreto en el que la dueña –una bruja de esas, según entiendo yo ahora–, manos a la obra, fabrica mortíferas pociones mágicas.
Por Luis J. Goróstegui, del blog Observando el paraíso.

 

No apartaba la mirada de mis manos, mientras recorría el pasillo. Ahora, recordando aquel episodio, entiendo por qué las observaba, desconcertada, y el motivo de que no me pareciesen mías. Ellas habían cometido aquella atrocidad, sin yo saberlo conscientemente. Lo más terrible era que iban a seguir siempre conmigo hasta mi muerte. Por eso tomé esa determinación. No existía alternativa.
Por María José Viz Blanco.

 

La llamada lo confirmó, el ovillo se acabó y la labor que poco a poco ella había ido tejiendo, había llegado a su fin. Recorriendo aquel pasillo los momentos compartidos acudían a la memoria. “No entiendo estas claves modernas” solía decir cuando en su cuenta de Facebook recibía un nuevo patrón con formas caprichosas, sus manos no tardaban en activarse y hacer, deshacer y volver a hacer con cariño soñando con la labor terminada entre todas, pero hoy el ovillo se acabó.
Por Carmen.

 

Pedí permiso al profesor para ir al baño y confiada bajé la vieja escalera de madera oyendo sus crujidos. Al llegar al pasillo de abajo, sorpresivamente, desde atrás surgieron unos brazos y manos que me aprisionaron. Me zafé; giré, ¡era un compañero! Corrí a refugiarme en la inhóspita soledad del baño. Entiendo que él pueda haberlo olvidado, ¡estábamos en cuarto básico! Yo lo tengo a fuego grabado.
Por Saricarmen, del blog Desde el cielo.

 

Quiero volver a sentir el calor de aquellas manos que me dieron abrigo al ver por primera vez la luz, aquellas que consiguieron hacerme andar, las cuales que me dieron mis primeras reprimendas, esas mismas que consiguieron que cruzará sin miedo el pasillo oscuro hasta el salón, miedos infundados, ahora lo que no entiendo es que aquellas manos puedan también llevarte a cerrar los ojos para siempre, hacer que la niñez se viva de otra manera, y no lo valoren como se debe…
Por Carlos gonzalez.

 

El rey de Libertia esperaba aquella visita y ella también. La odalisca masajeaba su cuerpo con manos entusiastas, cuando llegó por el gran pasillo de palacio el general Antara. Las noticias eran terribles: el descubrimiento de la favorita del harén junto a su amante, la muerte de ambos, la manera en que taparían el escándalo. El rey miró fijamente a la esclava, que era quien los había delatado, y solo dijo: «Entiendo».
Por Gabriel Romero de Ávila, del blog Gabriel Romero de Ávila.

 

Extiendo las manos hacia adelante y empiezo a caminar con los ojos cerrados dejándome guiar por tu voz suave. Corriges mi trayectoria con un susurro afrutado de chicle de fresa y se me eriza la piel. Entiendo que hemos llegado al final del pasillo porque me detienes. No me cabe la ansiedad en el cuerpo cuando escucho cómo me deseas feliz cumpleaños y siento tus labios adolescentes rozando los míos, vírgenes.
Por Aurora Rapún Mombiela, del blog La historia está en tu mente.

 

Como experta jugadora de bridge cuidaba especialmente sus manos, ágiles como palomas, al barajar distraídamente las cartas. Un silencioso pasillo de sospechas crecía a su alrededor entre sus parejas contrincantes al mirarla de reojo sin perder de vista sus subastas.
No entiendo por qué aquellos rumores la acusaban de ladrona, cuando su único pecado consistía en una excepcional metamorfosis capaz de convertirla en belleza irresistible e idónea para desplumar a sus contrincantes.
Por Estrella Amaranto, del blog Blog Literario Amaranto.

 

El pasillo es largo, estrecho y muy viejo. Anda desprovisto de toda hermosura. El pasillo fue paso de muchas personas para llegar a su hogar, aunque este ya lo era. Hay tantos recuerdos en su largura. Entiendo hoy al verlo que vivir es como mi pasillo, un camino angosto, que me moja al caer la lluvia, pero siempre me ha llevado, nos ha llevado a casa. Mis manos se unen en simple plegaria, antes y ahora, cuando mi gente se aleja por él.
Por Diana Rosa Conti.

 

Ni entendí, ni entiendo, ni entenderé. Cuando Jan traía algo entre manos, era como perro buscando hueso. Lo suyo no era la discreción. «Mi pecho no es bodega», decía cuando le reclamaban alguna indiscreción. Pero, algunos secretos deben ser guardados, son peligrosos. Hace ya 2 meses que la vieron salir al pasillo de contabilidad, ¡desaparecida! Para la policía no hay sospechosos, pistas, ¡nada! Xavi duerme tranquilo y sigue depositando dólares en el Caribe.
Por José Torma, del blog Cuentos, historias y otras locuras.

 

Soy todavía muy pequeño y no entiendo muchas cosas. La oscuridad me da miedo, la lluvia me asusta y aquel pasillo me aterra desde el primer día que lo vi. Mi hermano se burla de mi, pero aún así cuando le llamo al medio de la noche para ir al baño se levanta de la cama, me lleva hasta ahí con nuestras manos cogidas y me espera hasta que termine. Sé que soy muy pequeño y pronto entenderé que no hay nada malo en aquel lugar, pero por los momentos… mi hermano está conmigo.
Por Cath Hartfiel, del blog Una escritora sin filtro.

 

Cogido con las manos en la masa, no lo entiendo ¿como pude ser tan ingenuo? No llevarían ni cinco minutos acostadas en sus camas. Con cara de no haber roto nunca un plato y los ojitos cerrados. Ahora, mientras corren por el pasillo, me sorprenden, abrigo en mano, muertas de risa, las devuelvo a sus camas y me dejan sin cine, para que las cuente algo.
Por Ángel.

 

Entiendo caballero, que un asunto de tal enjundia merezca todo mi detenimiento, que es mi menester ayudar a todo aquel que reclame de un servidor ser socorrido; incluso admito que me urja a ponerme manos a la obra y correr pasillo arriba haciendo acto de presencia, pero… ¿cree usted necesario apuntarme con ese mosquetón en el confesionario para que hable con Dios y le pida en su nombre que se lleve cuanto antes junto a su lado a su pobre esposa?
Por José Miguel.

 

Mis manos tiemblan. Intento controlarlas pero no hay caso. Voy por el pasillo que lleva al estadio. Hoy es la gran final, el gran dia. Entiendo que ya tengo veintiocho pero realmente quisiera seguir compitiendo. Veo a esas muchachas que recién comienzan paradas al lado mío y quiero gritar de la envidia. Daría lo que sea por más tiempo. Lo único que espero es ganar las seis medallas doradas. Quiero disfrutar esta adrenalina una última vez.
Por ana-liliana.

 

Estaba allí. Había pensado una y mil veces en darme la vuelta; en salir corriendo con toda la velocidad que mis piernas pudiesen darme. Sin embargo, continuaba quieta, inmóvil, pietrificada; con las manos que no dejaban de sudar, de temblar. Pero es lo que elegí, lo que deseo desde hace tiempo. Entiendo que debo, que quiero continuar hasta el final. Y entonces camino por el largo pasillo que me llevará a ese, mi destino. Cierro los ojos, cruzo los dedos y abro la puerta…
Por Alma, del blog Fragmentos de Alma.

 

Entiendo que esta vez fue ya demasiado tarde. Que no volveré a penetrar en tus ojos, mientras descansa tu cuerpo desnudo en tus manos, sobre mi pecho. Que al llegar al final del pasillo nos despediremos como dos extraños que se cruzan mientras están perdidos. Que dos gotas que caen en el mismo punto hacen caminos distintos. Sin embargo, en contadas ocasiones, las leyes del caos hacen que se reencuentren.
Por Daniel Rodríguez González, del blog El solitario.

 

Nuestra vida es efímera y, quizás, por eso queramos inmortalizar escenas para el recuerdo. Contemplando una de las puestas de sol más bonitas del mundo, fui testigo de ese gran error. La sensación de que el pasillo entre la vida y la muerte se estrecha y te asfixia, hasta que la tenue luz de la luna te aleja de la oscuridad, no se puede disfrutar a través de la pantalla del móvil que tienes entre tus manos. No entiendo cómo pueden privarse de sentir este maravilloso espectáculo.
Por Jose A. Sánchez (JascNet), del blog Acervo de Letras.

 

Entrelazo mis manos apretándolas sobre el libro abierto en mi regazo, con la mirada puesta en el oscuro pasillo. Te fuiste tras un portazo, sin coger tu abrigo siquiera. Porque no te entiendo, dices, porque no te dejo vivir, porque no te trato como a un adulto. Cuando oiga girar la llave en el bombillo bajaré mis ojos para que parezca que leo despreocupada y, al oírte responder por ahí a mi pregunta de ¿dónde estabas? mis manos se relajarán y, entonces sí, pasaré una página.
Por Ana González, del blog Con tilde.

 

Sus manos se extienden, como tratando de alcanzar algo…
—No lo entiendo —repite en murmullos, sin mucho aliento, sin poder contener las lágrimas.
Había tenido muchas horas huyendo, pero continuaba en el mismo pasillo solitario, no conseguía una alternativa para escapar. Había sido un plan perfecto, estuvo esperando el momento apropiado, esa puerta era su salvación, pero su intento se arruinó por una pared invisible y el eco de esa risa tétrica.
Por Angela Castro, del blog Festín de libros.

 

Tras las puertas de madera mi destino espera, soy la nueva, la recién llegada. Mis manos sudan, el pasillo gris me da la bienvenida con silencio; todos están en sus salones recibiendo la formación necesaria para ser adultos responsables y productivos algún día en el futuro, no todos lo lograrán. La mujer que me entrevista no me presta atención más allá de lo entiendo cada vez que habló. Escribe en su carpeta y me despide con un apretón de manos.
Por Katalina Camus, del blog Katalina Camus.

 

No entiendo como pudieron hacer un pasillo tan estrecho para acceder al andén. La estación es poco concurrida pero tiene sus horas punta. El pasadizo, en esos momentos, es una estampida humana para no perder el metro de las catorce y diez. Así que, entre pisotones y empujones, yo algún día tendría que llegar a las manos. Curiosamente, después de cuarenta años, acabé discutiendo acaloradamente con una compañera del instituto. Las risas y las cañas de después ya son otra historia.
Por JM Vanjav, del blog jm vanjav hasta en 500 palabras +

 

Camino despacio pasillo arriba, pasillo abajo. Mis manos tantean las paredes, buscan los interruptores de la luz, intentan alcanzar los marcos de los cuadros. Agarro los pomos de las puertas y, decidido, abro cada una de ellas. Paseo por las estancias, acaricio los muebles, percibo los olores. Siento en mi piel cada una de las sensaciones que creí olvidadas. Mi ceguera tras el accidente me ha hecho recapacitar, ahora entiendo por qué mi padre no me dejaba conducir.
Por Virtudes Torres, del blog Pétalos de relatos.

 

Recorriendo este pasillo entiendo aquello que dicen sobre la vida tras la muerte. Esa idea de que nadie muere del todo si permanece en la memoria. Por eso seguirá en mí el recuerdo de tus manos impulsando un columpio o colocándote una gorra. Todo lo que procedía de ti era genuino. Y así serás siempre. Sempiterno.
Por Sara L, del blog Letras en el aire.

 

Mi regreso a la ciudad ha sido triste, es que como que nadie se alegrara por mi visita. Hasta el momento solo he recibido una invitación. Lo peor es que he acudido con prontitud y no entiendo que no abran la puerta. He entrado sin aguardar más y avanzado por el pasillo principal. Parece que he visto las sombras de unas manos, pero todo está en silencio. He llegado al piso superior y aquí está la gran sorpresa: mi fiesta de bienvenida.
Por Óscar Quijada Reyes, del blog Unas páginas más.

 

Me hechizaste, me arrancaste el corazón con tus propias manos y lo devoraste ante mí. Encerrado en este pasillo de dolor, de espejos y cristales rotos, en compañía de tantas almas, víctimas como yo de tu embrujo, entiendo lo que eres.
Y me pregunto cuántos corazones más necesitarás devorar para saciar tu hambre.
Por Anabel Samani, del blog Anabel Samani.

 

Desde siempre tuve mis dudas, pero ahora lo entiendo todo. Mientras mis manos temblorosas sujetan la fotografía, el misterio cae como el telón de una obra de teatro, revelando su cruel verdad. La semejanza en los rasgos de la cara es asombrosa. Voy corriendo por el pasillo para preguntarle a mamá quién es ese hombre musculoso que posa sonriente junto a papá con el barrefondos de la piscina y al que me parezco tanto.
Por Enrique de Paz.

 

Cerré la pesada ventana del pasillo con todas mis fuerzas, antes de que el aire caliente del mediodía se colara en la cocina. Con la mente en nuestro dilema y lenta de reflejos, el dedo anular no logró salir a tiempo del marco de hierro, quedando inevitablemente aplastado. Lancé un gritito ahogado; el dolor se esparció rápidamente hasta la axila. Mientras el agua del grifo lamía la hinchazón me pregunté, aunque no entiendo del tema, si hay un sentido oculto en lastimarse las manos.
Por Laura E.

 

Otra vez se ha quedado dormido. Recorre el pasillo con energía con el fin de reñirle, no debe quedarse en la terraza, pasará frío y enfermará. Las palabras se quedan presas, para nunca ser articuladas. Lágrimas desconsoladas surcan su ajado rostro. No entiendo nada, es lo único que su mente procesa. Su abuelo nunca llora, es fuerte, su particular héroe. La mira con una pena insondable, sabiendo que no sabe nada. Levanta sus manos en una silenciosa súplica. Y tú, ¿quién eres hija?
Por No solo leo, del blog No solo leo.

 

Me parecía un caso norma. Pero una vez aparcado mi coche en la calle, antes de entrar al edificio; he visto en la ventana del piso en cuestión una persona con una mirada aterradora.
Ya dentro del portal, en el pasillo; un grito agudo y un portazo me ponen los pelos de punta.En la primera planta llego a la puerta del piso, giro la manilla y me doy cuenta que tengo las manos ensangrentadas.
Ahora entiendo lo sucedido.
Por Gustav.

 

Sé que se ríen de mí. Todos. Alumnos y profesores. He solicitado que cuando tenga que entrar en una clase no haya nadie por los pasillos. Las mesas de los alumnos deben mantener cierta distancia en relación a la mía y nunca, jamás, deben acercarse a mi mesa. Entiendo sus risas, pero mis manos están atadas. No recuerdo cuándo ni cómo empezó esta fobia, ¿acaso eso importa? Sufro antropofobia y soy profesora.
Por Jose Lezcano, del blog A orillas del Oria.

 

Caminó por el pasillo de la morgue con las manos en alto. Entró en la sala de autopsias, se puso los guantes y se inclinó sobre el cuerpo de la mujer que yacía fría en la camilla de acero, abierta en canal. -¿Entiendo que quiere saber la causa de la muerte?- preguntó al marido que lloraba desconsolado mientras la apuntaba con la pistola. -¡Pues ahí la tiene!- le indicó señalando los pedacitos rotos del corazón de la víctima. -¡Y no se le ocurra tocar!- añadió. ¡Ya ha hecho bastante!
Por Carmela Padilla, del blog Letra Cuadrado.

 

La suciedad fue camuflaje para sus hermosos ocres cuando deambulaba solitaria, desconfiada y temerosa. Un día mi hija le tendió las manos. «Entiendo tus temores pero, si quieres ven conmigo» le dijo. Ella la siguió con recelo a través del pasillo. A pesar del hambre nos examinó con cautela antes de aceptar la invitación a comer. «La callejera» (como la llamaban) se convirtió en Dorothy Boschetti, una más de la familia.
Por Rosa Boschetti, del blog Rosa Boschetti.

 

Siempre que me adentro en un pasillo o callejón oscuro, no puedo evitar que se apodere de mí un enorme nerviosismo. Siento la boca reseca, las manos sudando y el corazón aullando en el pecho. Con cada paso que doy, aumenta mi excitación y respiro con dificultad. A estas alturas de la vida, entiendo que tendría que saber controlar mejor mis emociones, pero es imposible. No me queda más remedio que refugiarme en la oscuridad y esperar hasta que llegue mi próxima víctima.
Por Pilar Alejos Martínez, del blog Versos a flor de piel.

 

Estoy sentada en el despacho del director, es la primera vez que me encuentro en esta situación. No puedo dejar de mover las manos por los nervios que me causa todo esto.
—Entiendo perfectamente que estés enojada Joana, pero eso no significa que andes por el pasillo golpeando al primero que se te ponga enfrente.
—Pero Señor fue Marcos quien comenzó, él me insultó.
—¿Qué fue lo que te dijo?
—Que golpeo como niña y yo quería demostrarle que no era cierto.
Por Julissa E.

 

Recorro el pasillo con mi triciclo y las veo al doblar la esquina. Son las gemelas. Me llaman para jugar con ellas. Están de pie, una junto a otra, me miran sin apenas pestañear. De repente están tumbadas, todo es sangre. Me tapo los ojos con las manos, asustado. Espero un poco y separo los dedos despacio. Ya no hay sangre, ni gemelas. Me voy calmando un poco y entiendo lo que dijo el señor Halloran. Son como dibujos en un libro, no pueden hacerme daño. REDRUM.
Por Nahnnuk.

 

No es posible que esto sea real, lo entiendo, pero he olvidado porqué. Estoy caminando por un pasillo de paredes decoradas en azul, suelo de baldosas azules, techo pintado del mismo color. Mis manos pasan por el empapelado mientras avanzo, con los brazos extendidos. ¿Qué estoy haciendo? Algo viene detrás, no alcanzo a verlo. Alguien me espera al final. No sé quién es. Entonces despierto, encerrada entre las tapas de este libro. ¿Por qué sigo aquí?
Por Cyn Romero, del blog El fantasma en mi tintero.

 

Al fin entiendo lo que está pasando. Oigo las máquinas que aún funcionan y veo gente entrar al cuarto para luego desaparecer en el pasillo. Miro mis manos pensando en cómo moverlas…pero soy incapaz de hacerlo. Entonces veo a mi padre firmar los papeles. El llanto de mi madre retumba en todo mi ser. Una fuerte frustración me llena al no ser capaz de decirles que aún estoy aquí.
Por Gisela «Bleiÿ» Brito, del blog Gisela Bleiÿ.

 

Le buscó por el pasillo, ansiosa, con miedo, con ganas de cogernos de las manos y pasar estos últimos momentos juntos. El mundo se acaba, faltan a penas unos minutos, y en esos últimos momentos entiendo que siempre ha sido él, que nunca ha habido otro. Le veo al final y corro, mientras veo cómo él hace lo mismo. Y justo cuando caigo entre sus brazos y siento su corazón latir al compás del mío, la luz cegadora lo invade todo y es el fin. Nuestro fin.
Por Montse, del blog Amor y Palabras.

 

Los tiene al fondo del pasillo, me contestaron la primera vez que pregunté por los aseos, quería lavar las manos, y balbucee un gracias de asombro mientras intentaba calcular los metros de aquel largo pasillo. Han pasado meses y sigo sin entender lo apartados y el largo tramo a recorrer desde los talleres. Hoy provocaré un incidente desagradable y vergonzoso para mí, no llegaré a tiempo…
Por Maite Moreno.

 

Entiendo la situación. No requiere mucha imaginación comprender lo que pasa. No puede ser muy difícil saber qué está pasando cuando sin más os veo así, tan juntos y cogidos de las manos, en medio del pasillo; como si por allí no fuese a pasar nadie. Y lo peor es que estabais tan concentrados comiéndoos con la mirada que ni siquiera os distéis cuenta de cuando pasé por vuestro lado.
Por Avalle Rei, del blog El mundo de Avalle Rei.

 

Es duro ver cómo alguien seduce al chico que te gusta y él ignora que existes. Además de tener que morderte la lengua a diario para no levantar sospechas y ser el hazmerreír del instituto como la novata que suspira por un alumno de último curso. A pesar de que ella era mi mejor amiga y le haya confiado mi secreto. Hoy entiendo que el asunto de Pétula se me ha ido definitivamente de las manos mientras la persigo por el pasillo empuñando una navaja. Pero he de saldar cuentas con ella.
Por Lluís Servé Galan, del blog Es desclou la tenebra.

 

Por fin llegó la hora de irse todos a la cama. Voy caminando despacio por el pasillo para no despertar a nadie. Al colocar las manos sobre el pomo de la puerta esta se abre sola. Doy un respingo del susto. La habitante de la casa se cruza a través de mí sin saberlo. Recuerdo con añoranza los tiempos en que no había luz eléctrica y teníamos más horas para campar a nuestras anchas. Entiendo que no es fácil ser un fantasma en estos días.
Por Clara R. Sierra, del blog Athalía la lía.

 

Abro los ojos, todo está oscuro, vuelvo hacerlo, pero todo sigue apagado, mi cerebro me envía un mensaje que no entiendo, que me pasa…alzo las manos y las pongo a la altura de mis ojos, como queriendo hacer una nueva prueba. Me siento como si estuviera en una habitación completamente a oscuras, no, más bien como en un pasillo angosto que me ahoga cada vez más y más…¡DESPIERTA..!
Por Arekkusu.

 

Tu cuerpo te traiciona, no hace falta que hables. Tus manos ya han confesado. Vibran, se abrazan la una a la otra, y buscan refugio en tu pantalón. Recuerda, soy doctor en el idioma de tu cuerpo. Entiendo el código de tus silencios, que, sin emitir una sola nota, forman una sinfonía perfecta. Toma mi pañuelo, y recoge la última ola de dolor. Yo atravesaré tu pasillo, por última vez.
Por Víctor B. González.

 

¿Sabías que mis suscriptores conocen las palabras del reto antes que nadie?

 

¿Te unes a ellos?

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