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(Este reto consiste en escribir, cada mes, un relato de 5 líneas que incluya las tres palabras propuestas. Si eres nuevo por aquí, te pido que leas cuidadosamente las normas.)

Medallero

 

MEDALLA DE BRONCE; Carlos Menéndez y Jesús Garabato.

 

¡Enhorabuena!

 

MAYO:

Huesos, volamos y rugido.

 

 

Hoy hace un año que cerré la puerta hacia mis sueños. Fue después del funeral, cuando tú ausencia se me anidó en el pecho absorbiendo la mitad del aire, dejándome demasiado débil para hacer algo más que sobrevivir. Hoy es el día. Abro la puerta, hay un monstruo en el camino. Se alimenta de miedo y yo llevo meses dándole de comer. Siento su rugido en los huesos. Pero recuerdo que volamos. Y quiero volver a volar.
Por Adella Brac.

 

Que bonico era El Hombre y la Tierra. Me acuerdo de aquel episodio sobre el Quebrantahuesos. Cuando voló con aquella brutal envergadura de alas pareció que volamos todos los españoles, en blanco y negro o en color. Oímos su rugido, o como se llame, y cuando partió aquellos huesos contra el suelo sentí que me partía mis delicadas costillas. ¡Ah no!, eso fue el cariñoso puñetazo diario de mi querido hermano mayor.
Por Lorenzo.

 

El rugido de sus tripas lo alertó, eran muchos días ya sin ningún tipo de alimento, bien sabe Dios que lo había intentado por todos los medios, pesca, caza, recolección…pero nada había dado un resultado lo suficientemente positivo como para poder cubrir sus necesidades. Notaba como minuto a minuto se iba debilitando y apenas ya podía con sus huesos, cerró los ojos y pudo ver como la persona que amaba se acercaba ofreciéndole su mano… ¿volamos juntos una última vez?
Por Arekkusu.

 

Decidimos emprender un viaje y volamos alrededor del mundo en globo. En pleno océano Pacífico nos abordó una tormenta y a la mañana siguiente despertamos en una isla que no aparecía en ningún mapa. Sin embargo nos apresuramos a reparar el globo y nos marchamos de allí a toda leche: la playa estaba repleta de enormes huesos extraños pero, sobre todo, porque aquel rugido aterrador que escuchamos nos dio muy mala espina.
Por Luis J. Goróstegui, del blog Observando el paraíso.

 

«No es tiempo de duelo. Escuchemos el rugido de la tormenta humedeciendo nuestros huesos. Si percibes que volamos muy alto, sabrás que es el momento de remontar las montañas del olvido. Abracémonos fuerte y, cuando uno de los dos sea desprendido por la virulencia del viento, el otro ha de seguir el camino que el destino ha trazado, con la fuerza redoblada que da el recuerdo». Estas fueron sus últimas palabras.
Por María José Viz Blanco.

 

Mira ahí abajo, abuela: ya volamos. No nos caeremos, no tengas miedo: el avión es el medio de transporte más seguro. Además, su foto y tus oraciones nos protegen. ¿Abuela? No llores… Al fin, tras tantos años, podrá aliviarse el rugido de tus entrañas. Y aunque, para algunos, «eso» que vamos buscando solo sean unos cuantos huesos olvidados que avivan viejas heridas, para muchos, esos mismos huesos serán el único bálsamo que pueda, en justicia, cauterizarlas.
Por Jesús Garabato Rodríguez.

 

Toda la vida preparándonos para esto. Unos segundos de felicidad que le dan sentido a dos décadas de sacrificio y entrega. Puedo ver la oscuridad frente a nosotros mientras la nave se aleja de la Tierra. Cada átomo de mi ser es emoción y es miedo, consciente del riesgo abrazado sin titubeos. Entonces llega la probabilidad del fallo certero. El rugido ensordecedor, la explosión; volamos en infinitos pedazos con nuestros huesos pulverizados fusionados para siempre con las estrellas del universo.
Por La escritora cotilla, del blog La escritora cotilla.

 

Cerramos los ojos, y la piel se vuelve pluma, los huesos, livianos. Nuestro cuerpo, ingrávido, se eleva sobre los edificios, empujado por un viento del sur, que nos mece y nos susurra al oído su primitiva canción. Volamos hacia lugares lejanos, sobre mares y campos que no saben del tiempo, ni de temores. Y volamos, hasta que el rugido del tren, al entrar en la estación, nos arranca del sueño, e inaugura un nuevo día en nuestra vida de hombres.
Por Victor Gonzalez.

 

Siempre íbamos con prisas, era algo habitual llegar siempre con el tiempo justo. Ahora, el atasco nos obligó a salir del taxi antes de tiempo y, bajo una intensa lluvia, recorrer los últimos metros hasta el aeropuerto calándonos hasta los huesos. El pequeño avión nos esperaba, y apenas nos sentamos, éste arrancó con un fuerte rugido de su único motor. Nos miramos y ambos pensamos al tiempo: volamos…
Por Elvis, del blog Dígame usted.

 

El rugido de la indiferencia entre la población creció de tal manera, que ni las lágrimas de los niños fueron capaces de remediarlo.
En apenas segundos las apacibles cigüeñas volaron raudas, cruzando la frágil línea del horizonte, mientras las bombas peinaban aquel cielo estremecido de odios y venganzas. También nosotros volamos a otras fronteras, lejos de la esperanza y del crimen.
Después el infierno quemó los huesos de tantos desaparecidos, en medio de un estentóreo silencio, capaz de devorar el tiempo.
Por Estrella Amaranto, de Blog Literario Amaranto.

 

El rugido del viento en la noche silenciosa, no me dejaba dormir. Mi mente no paraba de pensar qué poder hacer, y nunca llegaba una respuesta certera a mi corazón. Mis huesos, y otros huesos, con otros corazones y otras almas, estaban separados, simplemente por una cuestión de suerte, de donde fueron a nacer. El abismo solo podrá atravesarse si volamos en el amor puesto en obras, pero no de unos pocos… Hace falta volar juntos.
Por Diana Rosa Conti.

 

—¡Mira, mira! ¡Son huesos de dragón mágico! Primero se sacan de la bolsa y se unen, y si lo haces bien hasta se puede oír su rugido.
—¡Anda! ¡Qué chulos! ¿Seguro que son de dragón? Y, ¿para qué los queremos?
—Pues para volar, ¡claro! Los armamos y volamos.
—¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido? ¡Me encantaría volar!
—Sí, sí… ¡Te los vendo!
Por Carmela Padilla, del blog Letra Cuadrado.

 

El humano es un saco de huesos. Lo sigo porque es mío. Juntos volamos por los pastizales y asustados nos escondimos ante el feroz rugido de un león. Ahora ya no corre, lo veo triste y cansado. Pasa las tardes sentado en una silla. Me acerco y lo miro, no sé de qué color es su mirada. Por la tarde llegan pequeños humanos que lo abrazan, lo besan y por un instante, la luz vuelve a su mirada. Alegre me acerco, pero con el bastón y un grito, me hace a un lado y lloro.
Por José Torma, del blog Cuentos, historias y otras locuras.

 

Ya solamente volamos un grupo de siete. Durante el día robamos los restos de las piezas que otros han cazado, es muy cansado bajar a acorralar y matar mientras el animal corre de un lado a otro sin descanso, preferimos no trabajar y nos conformamos con los restos de huesos y la poca carne adherida. Al anochecer nuestra pereza está en el punto más álgido, por eso hemos aprendido a esperar pacientes al rugido humano.
Por Maite Moreno.

 

La noche posterior al incendio, los gnomos dorados volamos a bordo de las águilas, rumbo al islote del lago central. Durante el viaje escuchamos el rugido del jaguar, anunciando la reunión a otras poblaciones. Desde lo alto se veían los árboles calcinados que, cubiertos por una capa de ceniza, parecían huesos. Nuestras lágrimas se evaporaban mucho antes de llegar a ellos. Hacía demasiado tiempo que no nos reuníamos, y era el momento de recuperar nuestro hogar: el bosque.
Por Valery, del blog Valery escribe.

 

El hueco del árbol me atrajo irremediablemente; sin ser consciente me deslicé y caí en un abismo sin fin lleno de barro, raíces y oscuridad. Al rato, percibí un punto de luz en la lejanía. Estaba segura de que todos mis huesos se quebrarían. Pero algo me frenó la caída: era un águila majestuosa que emitió un rugido en cuanto un nuevo paisaje se abrió ante nosotros. Volamos entre nubes de algodón y rayos de luz sin creer dónde me había llevado mi imprudencia: había descubierto un nuevo mundo.
Por Lídia Castro Navàs, de El blog de Lídia.

 

Aquel libro despertó en nosotros tal curiosidad que, una vez empezado, nos absorbió por completo. Volamos con la imaginación para formar parte de las hazañas de aquel saco de huesos que, a lomos de Rocinante un esquelético jaco, luchaba contra aspas de molinos creyendo que eran gigantes o confundía rebaños de ovejas con ejércitos. Nos sobresaltamos con el rugido que dio don Quijote al descubrir a su amada Dulcinea transformada en tosca villana por los encantamientos del mago Merlín.
Por Virtudes Torres.

 

«Ahora volamos sobre el Estadio Víctor Jara», explica el guía. Enmudecí… ¡Estuve ahí ese 16 de septiembre de 1973…! Cierro los ojos, ya no quiero mirar el paisaje. Otra vez vuelvo a oír el chasquido de los huesos de sus manos quebrados a culatazos… las burlas… improperios… la fuerza de los impactos… Un inaudible rugido de impotencia y horror se pegó eternamente en las frías paredes y en cada uno de nosotros.
Por Saricarmen, del blog Desde El Cielo.

 

El rugido de un tigre me despertó. Estaba empapada de sudor, pero a la vez mis huesos temblaban de frío. Intentaba encontrar una salida de allí, pero la jaula estaba cerrada con llave. Recuerdo cuando volamos en parapente por encima de la selva, lo veo tan lejano ya. Estiré el brazo entre los barrotes y logré alcanzar una ganzúa. Forcé la cerradura y fui libre, entonces el tigre se abalanzó sobre mí. Fin del juego.
Por Lansy Hairath, del blog Más allá del arco iris gris.

 

Oye el rugido de sus tripas y decide ignorarlas. Debe ahogar esa ansiedad. Para silenciarlas se mira al espejo. No se reconoce. Abre el armario, llora. Nada de lo que hay en su interior le queda bien. Suena el móvil y lee un mensaje de sus amigas: ¡Volamos hacia las islas! ¡Hasta la vuelta! Ella no ha ido por vergüenza, no quiere que la vean en bañador. Se siente deshabitada, incluso su novio la ha abandonado. Le dijo que acariciar su cuerpo era como navegar por un mar de huesos.
Por Javier Puchades, del blog El decantador de letras.

 

Lo mejor del deporte es hacerlo al aire libre. Un día decidí subir a lo más alto de una montaña, pero al llegar a la cima escuché un rugido. Primero me asusté y luego sentí curiosidad. Miré detrás de unas Forsythias, que amarilleaban el paisaje, y encontré unos huesos, pero no me dio tiempo de examinarlos. Al escuchar unas fuertes pisadas, salí corriendo y me tiré desde el acantilado. Menos mal que soy un águila. ¿Volamos?
Por Jose Ant. Sánchez, del blog Acervo de Letras.

 

Recordaba, abstraído el día en que volamos nuestra primera cometa juntos. Por unos momentos olvidé sus piernas torcidas y sus huesos rotos y creí que corríamos juntos de nuevo, riendo y saltando sobre los charcos con nuestras botas de goma. El rugido de su estómago me hizo regresar. Agarré la silla y la dirigí hacia el restaurante. Se había hecho tarde. Era hora de ayudarlo a comer.
Por Aurora Rapún Mombiela, del blog La historia está en tu mente.

 

Se cruzaron nuestras miradas y la vida se nos aceleró tanto como nuestros latidos. Con el primer beso se nos erizó la piel, se trenzaron nuestros anhelos y ya no pudimos separarnos. Éramos almas gemelas. Abrazados por la cintura volamos bajo el mismo cielo camino del horizonte. Ardía la tarde cuando el negro destino nos quebró los huesos en aquel cruce. Aunque sé que es imposible, aún siento vibrar el rugido de la libertad entre mis piernas.
Por Pilar Alejos Martínez, del blog Versos a flor de piel.

 

Un suave rugido se escucha a lo lejos, mis huesos se entumecen ¿Qué será aquel sonido? Algún animal herido o una bestia dispuesta a atacar, no lo sé, pero no quiero averiguarlo. Voy a ver a los niños, al abrir la puerta una oscuridad aterradora se instala, me acerco a ellos que duermen tranquilamente en la misma cama y los abrazo con fuerza. La cama comienza a moverse y el miedo se apodera de mí ya que en un solo instante y de la nada: volamos.
Por Cecilia Ramos Ponce, del blog Enredados entre libros.

 

Me duelen todos los huesos. Volamos, quisimos tocar el cielo y no calculamos la caída. El golpe nos obligó a recobrar el sentido común, ese que ya antes nos decía que lo nuestro no era posible, aunque por un maravilloso momento creímos lo contrario. Ahora, el infierno se abre ante nosotros con un rugido atronador, invitándonos a entrar a sabiendas de que no tenemos cabida allá arriba. ¿Y qué haremos? Seguir intentándolo, aunque queme.
Por María del Pino Vega Ramos, del blog Pensamientos en silencio.

 

—Continúe.
—Gracias, agente. Entonces volamos la entrada y entramos en la cueva.
—¿Qué encontraron allí?
—Al principio nada salvo el rugido del aire. Pero cuando nos perdimos, llegamos a una amplia caverna repleta de huesos. Todos tenían marcas de cuchillo. Había una especie de antiguo altar. Nos entusiasmamos con el descubrimiento, pero nos quedamos sin comida y…
—Decidieron cazarse unos a otros.
—Había que sobrevivir.
—Estuvieron perdidos tres días.
—¡Imposible!
—Solo. Tres. Días.
Por Anabel Samani, del blog Anabel Samani.

 

El frío de tu ausencia se sintió hasta los huesos en pleno verano. Nosotros que habíamos volado por encima de las nubes con cada beso y con cada abrazo, ahora nos distanciamos y nos olvidamos. Después de tanto frío en mi corazón comienzo a sentir un rugido en mi interior cada vez que te pienso, es como si mi mente se negara a dejarte marchar, pero mi cuerpo ya tomó la decisión de que quiere ver al calor llegar.
Por Edith T. Stone, del blog Tahis.

 

Mientras aprendemos a correr queremos también volar, cuando estamos en el aire, no nos percatamos de lo que dejamos debajo de nosotros, los huesos de aquellos que lo intentaron sin éxito, el rugido del triunfo de aquellos que lejos llegaron y lo consiguieron. Si no lo vemos pensamos no está sucediendo, pero allí abajo la vida pasa mientras nosotros volamos.
Por Carlos González.

 

Transité un laberinto de huesos rotos hacia tu corazón. Caí humillado sobre mis rodillas para llegar a tus ojos. Me detuve tres veces a punto de estrellarme contra una muralla, tomé el camino difícil porque escuché que el fácil no valía nada. Volamos mi ego y yo sobre montañas y cordilleras infinitas, caímos presa de los deseos entre algunas risas. Dibujamos caminos a ras del horizonte, rugimos. Con cada rugido creamos un mundo, y con cada nuevo mundo, la destrucción.
Por Kathie Kyg, del blog Sulla Strada.

 

Dimos con los huesos en el suelo y un dolor penetrante nos invadió. Volamos por los aires en el momento en el que aún percibíamos el rugido de su moto. No era la primera trampa que me tendía, ni la más dolorosa, las mariposas muertas de decepción aún invadían el estómago de esta poli con mucho arrojo pero poca vista.
Por Ana Eva Suárez, del blog Tejiendo ideas, cosiendo palabras.

 

Ahora que el cansancio acumulado por el paso de la vida me ha obligado a hacer un alto en el camino, voy a dejar que se escuche el rugido que emiten mis huesos al chocar contra el suelo. Ojalá llegue hasta los oídos de quien, en un atisbo de sabiduría, pueda transmitir a mis congéneres el mensaje que mi vieja osamenta me está recordando: en este mundo, en esta historia, no vivimos, solo volamos.
Por Ana Centellas, del blog Ana Centellas.

 

Salimos disparados, la onda expansiva nos envolvió y nos expulsó de la cueva. Volamos por el cielo entre tierra y metralla. Caímos con todo el peso de la gravedad en el suelo mullido por la hierba. Creí que me había roto todos los huesos. Descansé un par de minutos intentando recuperar la respiración cuando escuche un rugido. Un tigre nos miraba con interés. Comprobé que todavía tenía mi revólver. Era una oportunidad y habría que intentarlo.
Por Avalle Rei, del blog El mundo de Avalle Rei.

 

Hay huesos esparcidos en toda la casa, los puedo ver por una luz tenue que entra a través de la ventana, me parece que hay un cartel con un mensaje, creo que lleva escrito «si eres valiente, sálvate». Pero ¿cómo llegué aquí? Solo toque esa roca brillante en el jardín, ¿Qué es eso? ¡Un rugido!, justo ahora no me siento valiente; pero de repente la ventana se rompe, y entra una figura encapuchada, me alza y volamos a lo desconocido
Por Angela Castro, del blog Festín de libros.

 

—Recuerde que está bajo juramento. —El soldado notó que se dirigían a él, pero su mente aún digería lo ocurrido. —¿Qué pasó?
—Gigantes grises que lucían colgantes de cráneos nos esperaban en un osario al pie de una montaña.
—¿Qué? —preguntaron varias voces.
—Ahora sé lo que es el miedo. No fue ver a esos seres ni los huesos esparcidos; fue el rugido que vino del interior de la cueva. Huimos y volamos lejos de aquel lugar. Otra declaración diferente; la sexta pesadilla que escuchaban.
Por J. C. Ritman.

 

El rayo fue una espada sobre la tierra. Después llegó el rugido y corrimos a refugiarnos. El cielo era un amasijo gris de furia que se revolvía amasando la tormenta y anticipando la noche. La cálida brisa de la tarde se había tornado fría y punzante. El trueno retumbó en la cumbre y nuestros pasos se hicieron más veloces; por momentos, volamos, alejándonos del bosque, cuyos árboles eran los huesos quebrados de algún viejo dragón derribado.
Por Jessica, del blog Fantépika.

 

Lo único que quedaban eran huesos viejos, un eco de un rugido siniestro y una increíble quietud en todo el descampado. Todos sabíamos que no encontraríamos más que cadáveres e incluso con un poco de suerte, algún resto mortal de aquellos seres que en su momento surcaron los cielos… Me agaché para coger un hueso del suelo, busqué a mis compañeros y cuando uno de ellos me miró sonreí y le dije «¿Volamos?» Y sin más ambos extendimos las alas y sorprendimos a los demás.
Por Cath Hartfiel, del blog Una escritora sin filtro.

 

El frío en los huesos hizo desear estar a salvo. La tragedia de Vargas le dio a las aguas zarpas, puños y volamos por los aires atados en su fuerte líquido. Una sombra amiga, con un profundo rugido, me llevó con ella. Antonio Machado iluminó ese instante: «La muerte es algo que no debemos temer porque…» solo esas palabras pude recordar hasta llegar al silencio infinito que hoy rompo, desde mi sueño eterno.
Por Rosa Boschetti, del blog Rosa Boschetti.

 

Miro fuera por la ventanilla mientras volamos hacia ese destino maravilloso y tantas veces soñado. Después de todo lo ocurrido, me llevaba de vacaciones como decía él. De ese modo, yo había pasado a ser una más de sus pertenencias. Estaba silenciosa. Desde hacia tiempo había aprendido que la venganza es un plato que se sirve frío. Por eso estaba segura que cuando sintiera el rugido de mi alma, el terror le calaría hasta los huesos.
Por Alma, del blog Fragmentos de Alma.

 

¡GRUAG! Se escucho un rugido ensordecedor. No lo podía creer habíamos despertado al Gran Dragon y teníamos que escapar de hay antes que fuéramos su aperitivo. Para lograr llegar a la salida tuvimos que evadir los huesos de antiguos cadáveres. Pero aún no estábamos a salvo. Llegamos a la avioneta cuando el suelo comenzó a temblar. Nos subimos en ella y volamos lo más lejos y rápido posible. ¡Lo habíamos logrado! Ahora éramos dueños del Magico Cetro Oniirix.
Por Julissa E.

 

El torbellino que ameniza anuncia nuevos tiempos. Un rugido en su vientre hace espirales. Yo que muero por tus huesos, aprovecho su corriente. Llegar a ti a pie sería injusto. Con extender mis alas es suficiente. El cielo es ancho. Como el camino del errante perdido. Lo demás sería perder el tiempo. O quizás, el juicio. La brisa es complaciente. Ella me empuja a soplidos. Yo una cometa suya, sin destino fijo. Mientras quede aire, volamos juntos. Así, hasta que el cuerpo aguante.
Por JFV, del blog Libros con dos Alas.

 

Cuando TyK escuchó aquel rugido, sintió un escalofrío que le recorrió todos los huesos de su cuerpo. Rápidamente se le vino a la cabeza la pregunta a la que recurría una y otra vez en las situaciones extrañas: ¿por qué no volamos los seres humanos?
Por Estefanía, del blog El rincón literario de Thor y Kira.

 

Y lanzando un rugido desplegó sus alas y sus patas se despegaron del suelo. Volamos sobre aquellos campos dorados cruzando las nubes que encontrábamos por el camino. El viaje duró varios días hasta que finalmente divisamos nuestro destino. Cuando sus huesos tocaron la tierra supimos que estábamos a salvo.
Por Blue February, del blog My blue february.

 

¿Por qué tuvimos que hacerlo? ¿Por qué volamos a Kenia, si yo estaba tan a gusto en las Rías Baixas? ¿Por qué tuve que hacerle caso a Marta? ¡Todo ha sido culpa suya! Nada más bajar del bimotor, un silencio tremendo me envolvió. Intuía que algo iba mal. Confiaba en equivocarme, pero mi presunción se confirmó poco después: el rugido tremendo precedió al rechinar de huesos. De pronto, yo ya no era yo. Ahora sólo me anima la esperanza de no sufrir un dolor infinito…
Por Carlos Menéndez, del blog Datos a tutiplén.

 

Mientras volamos sobre Londres, me pregunto si Irving se encontrará bien. Los últimos acontecimientos han sido realmente perturbadores. El encuentro en los túneles del metro, el hallazgo inesperado bajo la loseta de la fuente… Le acaricio el lomo y lo palmeo con fuerza. Me contesta con un rugido bajo y largo, casi como un ronroneo. Sonrío en la noche mientras los huesos entrechocan en la bolsa que cuelga de mi cinturón y el viento me alborota el pelo.
Por Nahnnuk.

 

Volamos a través del cielo oscuro, escuchando el rugido de aquellos que nos persiguen, deseando vernos caer, deseando que demos con nuestros huesos en el suelo. Pero nos negamos, no pensamos darles ese placer, porque nuestra voluntad es más fuerte que sus ansias de poder y más férrea que el hierro con el que pretenden esclavizarnos. Luchad, luchad contra los opresores, que nadie os prive jamás de vuestra libertad.
Por Montse, del blog Amor y Palabras.

 

Mastico con lentitud sobre la hierba bañada de sangre. Los huesos restallan entre mis fauces con un sonido delicioso que sabe a venganza y paz. Los humanos que quisieron ver caer a mi raza ahora yacen destrozados. Pienso en el futuro, libre de su plaga, y miro a la pequeña criatura que heredará la tierra y la magia más profunda. Batimos nuestras alas y volamos rumbo al dios sol, dejando que nuestras escamas de oro y fuego lo reflejen. Solo dejamos atrás un fiero rugido que hace temblar la tierra.
Por MJ, del blog Libros, pelis y otros desvaríos.

 

Caemos agotados sobre la hierba, sin creer lo cerca que estuvimos de morir. Mis huesos crujen y me impiden ordenar los últimos minutos de mi vida. Cuando oímos el rugido supimos que Quimera había despertado, y que no nos daría tiempo a recolectar el veneno de su cola de serpiente. Corrimos tan rápido como pudimos, luchando contra la Naturaleza misma por dejar atrás sus garras. Al menos esta vez, Pegaso estaba atento y volamos hacia Ftía, dejando atrás el monstruo y la recompensa.
Por Aran, del blog Libros, pelis y otros desvaríos.

 

Los huesos acomodados sobre la mesa funeraria estaban dispuestos en orden, el rugido de las llamas se acercaba desde atrás, donde la sacerdotisa había preparado el ritual de despedida. Alcé el rostro cuando ella empezó a hablar y pensé por un momento ¿si todos volamos quién nos recibirá al aterrizar? Así mi pensamiento fugaz me distrajo por un momento mientras el fuego devoraba ansioso lo que quedaba de mi hermano.
Por Katalina Camus, del blog Katalina Camus.

 

—¡Mamá! soy yo, tu hija—. Su mirada perdida, su sonrisa de niña, sus huesos ya asomándose entre la piel cuarteada y frágil, me dice tantas cosas. Pero sus palabras no salen, insiste. ¡No comprendo, el rugido ensordecedor que sustituyen aquellas palabras, el dolor que produce retroceder en el tiempo!.. La miro a los ojos, se tranquiliza y las dos abrazadas conseguimos dormir, mi sueño… Volamos de la mano sin soltarnos y conseguimos llegar al rincón de nuestros recuerdos. Soñar.
Por Nieves, del blog Ave Fénix.

 

En la inmensa oscuridad solo veía la ira en sus ojos brillantes. Me arrastré por el lodo, buscando alguna oquedad en la pared. Por unos segundos la cueva se iluminó por su rugido, acompañado de una ráfaga de fuego. Temblé al contemplar que estaba rodeada de huesos humanos. En un gesto inesperado sentí que me atrapaban y volamos… Lejos de la cueva y ese monstruo, da igual quien fuese. Me sentía salvada.
Por Clara R. Sierra, del blog Athalía la lía.

 

Los huesos de su cena se amontonaban en el centro de la gruta mientras Alba relataba su historia a la pequeña congregación.
—Hace apenas unas semanas, volamos con éxito uno de los muros del campo de trabajo y rescatamos a varias decenas de personas; pero aún somos pocos para conseguir nuestro objetivo.
Todos la atendían; eran pocos los encuentros con gente nueva y aquellos dos les ofrecían algo nuevo. De pronto, el rugido de un motor lejano rompió el momento. Era hora de ocultarse.
Por Aitor Olano Collazos, del blog Guías y Nexos.

 

El rugido animal que se hizo eco entre los árboles del bosque nos heló los huesos. Se estaba aproximando a nuestra posición. Nos había encontrado. Al final del sendero se abrió paso un precipicio y nos miramos con miedo y determinación. Era la única oportunidad así que volamos y caímos. Mantendríamos nuestra promesa y cometido hasta el final.
Por Sara, del blog Letras en el aire.

 

¿Sabías que mis suscriptores conocen las palabras del reto antes que nadie?

 

¿Te unes a ellos?

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