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(Este reto consiste en escribir, cada mes, un relato de 5 líneas que incluya las tres palabras propuestas. Si eres nuevo por aquí, te pido que leas cuidadosamente las normas.)

MARZO:

Volumen, miradas y cuaderno.

 

 

Subo el volumen de los auriculares. Los acordes atronan en mi oídos. Acaricio las letras blancas en la tapa de mi cuaderno durante un minuto, saboreando el momento. Hoy da comienzo mi venganza. Demasiados días, demasiadas miradas de desprecio. Lo abro y escribo cómo sucederá, lo lento y doloroso, lo cruel. No ahorro ningún detalle. He reservado una muerte dulce para mí pero la tuya te aseguro que no lo será. La especie que acabará para siempre con todos vosotros se llama Cordyceps.
Por Adella Brac.
 

Hay una canción preciosa de Vinicus de Moraes y de Toquinho, O Caderno. Cuando la escucho, subo el volumen y pienso en mi hijo, en su vida, en como irá creciendo a medida que va escribiendo y dibujando nuevas páginas. Y cuando termina la canción, nos cruzamos las miradas y su eterna sonrisa me dice que yo formo parte de ese enigmático y poderoso cuaderno pequeñito… que es su vida.
Por Lorenzo.

 

Me siento en mi mesa favorita de la cafetería. A través del ventanal puedo observar el cielo cubierto de nubes, pero Madrid brilla igual que siempre. Remuevo el café recién hecho y saco de mi bolso un cuaderno para dibujar. Escucho un verso de una canción de Paula Mattheus que me llega demasiado dentro: «Por las miradas que atraviesan, pero acaban en otras mesas». Subo el volumen. Tengo claro lo que voy a dibujar hoy.
Por Alicia.

 

Noche en un café, el de siempre; murmullo de borrachos entre copas y miradas turbias. Música a volumen bajo. «¿Alguien se anima a una de billar?» Un hombre, solitario, escribiendo en su cuaderno; «un café con leche y un cruasán, por favor», le pide al camarero; y sigue escribiendo, desahogándose. Piensa. Escribe. Piensa. Tacha y reescribe. El camarero le sirve. Un sorbo/mordisco y escribe: ‘La nieve blanca sobre la silla fría; amanecer’. ¿El tiempo?; el tiempo no importa.
Por Luis J. Goróstegui, del blog Observando el paraíso.

 

¿Qué te parece si cerramos este capítulo, damos por finalizado el libro y empezamos un nuevo volumen? Sí, nada de un epílogo: una historia nueva; no una nota, sino la continuación que nos merecemos. Con todos los besos, miradas, caricias y tequieros. ¡Venga! ¿Por qué no? Será como coger un cuaderno, cualquiera, el más feo que te puedas imaginar, y convertirlo en algo de lo que jamás nos arrepentiremos. Tú yo, como en los viejos tiempos. ¿Qué me dices?
Por Agnes.

 

En la biblioteca había un grupo de jóvenes alrededor de una mesa, lanzando extrañas miradas hacia un libro de gran volumen. Algo me empujó hasta la mesa. Sorprendida leí el título del libro: «Necromicón», y su autor, Abdul Alhazred. Los jóvenes parecían hipnotizados. Tuve el impulso de coger mi y cuaderno sin pensar abrir el libro maldito; una especie de serpiente de humo negro salió de él atrapándonos entre sus garras; de pronto el peor de los infiernos se abrió ante nosotros.
Por Nuria de Espinosa, del blog Entre luces y sombras.

 

Evan eligió una mesa, pidió un café y sacó el cuaderno de la bolsa. Había soñado con esos ojos otra vez, y no podía quitárselos de la cabeza. Subió el volumen de la música y comenzó a dibujar, inmerso en esos ojos, hasta que se encontró a sí mismo intercambiando miradas con una joven que lo observaba desde el papel. ¿Quién eres?, susurró. La chica frunció el ceño y emborronó el dibujo. Deja de buscarme, respondió.
Por Teresa, del blog El blog del cuentista.

 

Un trazo y otro más, tinta, acuarela, pastel, en cada una de las quedadas conseguían atraer las miradas de las personas que por allí pasaban, y el volumen de cuadernos finalizados alcanzó un tamaño considerable. Aquel grupo «de vuelta con el cuaderno» les permitía colorear charlas y dibujar memorias.
Por Carmen, del blog Propuestas and made.

 

Estoy triste y me hundo en el sofá con una taza de chocolate. Miro por la ventana y veo la gente pasar. Delante, una pareja se detiene mientras se miran enamorados. Les tomo una foto con disimulo para incluirla en mi colección de momentos únicos. Busco el volumen de miradas que está al lado del de la sonrisas. Hay un hueco justo al final del cuaderno. Mientras paso las páginas me voy animando, sonriendo. Me alegro de haber creado esta colección de momentos sencillos y cálidos.
Por Do.Lobera, del blog Do.Lobera.

 

Me hace falta mi cuaderno. No me dejaron traerlo al viaje. Las miradas de mis compañeros fueron de sorpresa cuando pedí algo para dibujar. El profesor me entregó una tableta, pero no es lo mismo. Extraño la sensación del lápiz contra el papel. Al detenernos salgo para hacer un boceto del lugar, aunque el paisaje cambia poco. Durante ese tiempo le bajo el volumen a los audífonos del traje. Siempre me deben ir a buscar antes que la nave despegue hacia otro planeta.
Por Francisco Velandia, del blog Pacho escribe.

 

El volumen de la multitud se desvaneció cuando me encontré cara a cara con mi héroe de infancia. Su mirada penetrante me dejó sin aliento mientras estampaba su firma en mi cuaderno, con calma. Pero en un abrir y cerrar de ojos, la muerte lo reclamó. Un niño a mi lado comenzó a llorar, su madre se lo llevó a toda prisa. En ese momento, en ese instante preciso, supe que su legado viviría para siempre en nuestros corazones y en nuestras historias.
Por Marlen Larrayoz, de El blog de Trujamán.

 

Vaciando la casa que había sido el hogar, guardando algún que otro cuaderno y otras cosas, apareció un libro muy antiguo, tapa azul ya gastada, título en color dorado, hojas gruesas muy amarillas, una dedicatoria y una fecha dentro. Lo tomé en mis manos, su gran volumen lo volvía algo incómodo. Lo abracé, lo sentí y el vacío de la casa me trajo las miradas con sus voces. Supe entonces el porqué de mi gusto cuando las estrellas me miran en la noche.
Por Diana Rosa Conti.

 

Todos tenemos un invisible cuaderno de la vida cuyo volumen de páginas escritas va engrosando según las experiencias que nos acontecen con el paso del tiempo. Cuando nos reclame la parca, fuera de las miradas de todos, el cuaderno se romperá y muchas de sus hojas se vaporizarán en el aire; pero, las que perduren, quedarán plasmadas en la memoria de los que nos quieren; serán los recuerdos que evitarán que ellos nos olviden.
Por Daniel A.M., del blog La narrativa de Daniel A.M.

 

Cada vez sentía más presión en el pecho, como si una roca de gran volumen me aplastara, busco las miradas de mis compañeros pero estas no aparecen, ni siquiera los escucho. Al parecer nada escrito en el cuaderno azul era la realidad que nos esperaba el campo…
Por Marian Gamboa.

 

Luego de recibir las miradas de aquellos que toman este libro, por un momento, y leen su fortuna como quien revisa un cuaderno, decido que es suficiente. El deseo de libertad, que antes era un susurro en mis oídos, ya tiene el volumen de un canto difícil de ignorar. Así que pondré lo mejor de mí en mis predicciones. Si debo hacer de bruja, el poder vendrá de algún lado. Así tenga que identificar qué es lo que mis clientes más desean escuchar.
Por Cyn Romero, del blog El frasco de historias.

 

Descifrar el cuaderno de campo del profesor fue como un juego. Codificado para evitar las miradas curiosas de los más inexpertos pero sin secretos entre sus páginas para una rata de biblioteca como yo. Emocionado releía los avances de su última expedición, había conseguido recuperar un volumen de la secta que se creía perdido. Los arcanos secretos que podía contener serían la llave de esa puerta a los antiguos que tanto deseaba abrir.
Por M.Hourloon.

 

Cierras el cuaderno y suspiras. Un volumen más, el último. Aprietas sus páginas para que permanezcan prensadas, perfectas. Tomas una pluma y escribes «35» en la portada. Te levantas de la silla y con paso lastimero lo colocas en el librero. Tu proyecto de vida, tu mayor y tal vez único logro. Tomas el queroseno y rocías todo. Las crónicas de tus crímenes morirán contigo, alejadas de todas las miradas. Mas el crimen perfecto no existe, has olvidado las cerillas.
Por José Torma, del blog Cuentos, historias y otras locuras.

 

Miradas que matan contemplo al pasar; en moradas ensombrecidas los monstruos asechan sobre un volumen de hojas arrancadas del cuaderno de la vida, con sus garras y colmillos, tiñen la noche de escarlata.
Por Cecy, del blog Enredados entre libros.

 

Siempre odié los vestidos con volumen, me da la sensación de que convierten a las mujeres en pastelitos, y no son nada favorecedores. Por eso, cuando la profesora de diseño nos pidió como proyecto final un vestido de fiesta usando diferentes volúmenes casi me caigo de la silla. Intercambié unas miradas de asco con Laura; ella también lo odiaba. Sin embargo, en dos días he conseguido llenar mi cuaderno de diseños. Matrícula de honor, allá vamos.
Por Sargow.

 

Había sido un día complicado. Últimamente la vida se le ponía cuesta arriba y no discernía con claridad. No encontraba motivación para no caer en el pesimismo y el desgaste personal era cada vez más evidente. El desánimo iba en aumento a la par que el volumen de su cuerpo, maltratado por la desgana. Le había dejado de interesar el contacto con la gente. Esquivaba las miradas de su entorno, incapaz de explicar lo que sentía. Sólo encontraba paz cuando escribía en su viejo cuaderno.
Por Magdalena Barreto, del blog Mi vida en retales.

 

Pietro intentaba dar volumen al flequillo de Don Vito, pero era imposible gobernar aquellos cuatro pelos en la incipiente calvicie. Qué diría su difunta madre si le viese así, aturullado, con los ojos saltando del cuaderno del mafioso a su ajada pelambrera; dando vueltas, peine en mano, alrededor de la silla bajo las atentas miradas de sus gorilas. Por Dios, que no me tache, descompuesto se repetía, esperando oír el lapicero sobre el papel… pero solo escuchó el «va bene» del capo.
Por Carles Leo, del blog El páramo de Carles Leo.

 

Era una tarde como otra cualquiera. El joven, de mirada tímida e insegura, disfrutaba de un café con leche, bien caliente, ensimismado en repasar algunas notas manuscritas en un desgastado cuaderno. Se encontraba en una de las mesas más alejadas de la entrada, protegido de miradas ajenas y cobijado por el volumen, presente si bien no desmesurado, de un disco de jazz instrumental. Tomó aire y suspiró: estaba hecho; la próxima entrega de la saga impresionaría a los lectores.
Por Javier Sánchez Bernal, del blog La buhardilla de Tristán.

 

Odio el sótano (en eso no soy diferente del resto de personas), pero he de bajar cuando tengo que deshacerme de un nuevo cuerpo. Me da escalofríos: me parece sentir las miradas fantasmales de mis víctimas cada segundo que estoy ahí. Así que retiro rápidamente el volumen de tierra necesario para enterrar lo que queda de mi pecado, y lo tapo igual de rápido. Después, subo, apunto en mi cuaderno otro nombre, y me repito que los fantasmas no existen. Solo los monstruos existen.
Por Anabel Samani, del blog Anabel Samani.

 

Tardamos demasiado en vaciar la casa familiar; nuestras miradas eran anzuelos para los recuerdos. Desde un viejo cuaderno cayó una foto que nos provocó un ataque de risa. ¡Mira el volumen de nuestros peinados! ¡Era que no! Enrollábamos cada mechón en un tubo. Ya seco y peinado lo escarmenábamos y fijábamos con laca. Cabezonas nos veíamos, pero era la moda. Felizmente los pantalones pata de elefante aportaban el equilibrio perfecto.
Por Saricarmen, del blog Desde el cielo.

 

Capté el volumen de mi error al abrir ese maldito cuaderno. Allí estaba todo, golpeándome la cara. Ya lo decía mi madre: «Algún día, esos buenos sentimientos tuyos te la van a jugar». Camino deprisa por los pasillos hacia la cúpula central y sus miradas aún me persiguen, socarronas. Aunque esta vez creo haber hecho lo correcto. En mi terminal, su punto de localización ha desaparecido. Ahora soy como ellos, otro fratricida.
Por MJ RU1Z, del blog Eleeabooks.

 

Todas las miradas se concentran en el libro que ha aparecido en la pantalla. El escritor comienza la presentación justificando la necesidad de publicar toda su obra en un solo volumen.
—No tenía sentido editar, de uno en uno, cada cuaderno aunque tuvieran su propia identidad: poesía, relatos, artículos de opinión… Deben entender que, con mi trayectoria, no necesitan este tipo de publicidad sino mis textos inteligentes para enriquecer sus mentes. ¿Tienen alguna pregunta?
Por Mercedes Menéndez Aguirre.

 

Desde que te marchaste, pinto miradas en mi cuaderno secreto. Podría haberme estado quieto, pero, de momento, no quiero. El cuaderno que duerme junto a mi mesilla es el primer volumen. Vendrán muchos más. En los próximos buscaré otras obsesiones para dibujar: paisajes lejanos, horizontes cercanos, paraísos perdidos. No sé si ha merecido la pena este viaje. Tu ausencia araña las libretas, las postales, los cuadros de mi estancia.
Por Juan Fernández Vicente, del blog «Poemas».

 

Mara llevaba días mirando el volumen de papeles frente a ella, su escritorio parecía ceder ante el peso de tanto, sin embardo lo que más tenía a Mara incómoda eran las miradas de todos, ¿qué era… lástima, envidia? Sin pensarlo mucho abrió su cuaderno en la página en limpio que le quedaba, hizo un par de anotaciones y lo dejó sobre la pila más cercana a ella. Todo estaba hecho.
Por Katalina Camus, del blog De cornucopios y otros cuentos.

 

Paso las tardes en un rincón de este pequeño café, con mesas de madera y luz tenue. A la par que anoto ideas en el cuaderno que siempre me acompaña, lanzo miradas furtivas a los clientes. Invento historias, conversaciones, relaciones pasadas y futuras. Conforme se llena el local, el volumen de las risas y las palabras aumenta, dejando volar frases a veces inconexas, otras completas, que me hacen partícipe temporal de las conversaciones. Ya no escribo, solo oigo y sonrío.
Por Antonio Jimenez, del blog Escribe y golpea.

 

Escribo en mi cuaderno: «Mientras los hosteleros cobraban por no trabajar, los médicos y demás personal esencial nos exponíamos a morir a cambio de un aplausito. ¿Acaso eso es justo? ¿Y porqué teníamos que rastrear los médicos? ¿No podían hacerlo epidemiólogos, policías o jubilados que se ofrecieran voluntarios? Aquel volumen de trabajo era inasumible pero nuestras miradas de desesperación de nada sirvieron».
Por Aurora Roger Torlá.

 

En la radio empezó a sonar un viejo tema que, al momento, me trasladó a octavo de EGB. Subí el volumen del receptor antes de abrir un cajón, el de mis más queridos recuerdos. Entre una guía básica de fotografía y un resobado catálogo de cámaras estaba el único cuaderno que guardo de mi época escolar. No tenía nada de particular salvo las correcciones manuscritas de mi profesora de inglés. Eché miradas a esos textos, como si los fotografiara en mi mente, hasta el final de la canción.
Por jm vanjav, del blog jm vanjav hasta en 500 palabras más

 

Sus miradas se cruzaron por encima de todos en la entrada del edificio. Ella aumentó el volumen de los auriculares en sus oídos. Sacó un cuaderno de su mochila y comenzó a escribir lo provocado por esa mirada, lo hacía con rapidez y no volvió a levantar la mirada, se descubrió sola y al levantar la vista esos ojos estaban frente a ella. ¿Qué escribes tan concentrada? Sonrió, cerró el cuaderno e iniciaron una conversación.
Por Minerva Hernández García.

 

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