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(Este reto consiste en escribir, cada mes, un relato de 5 líneas que incluya las tres palabras propuestas. Si eres nuevo por aquí, te pido que leas cuidadosamente las normas.)

MARZO:

Década, confesiones y mismo.

 

 

Hace ya una década que existen los viajes en el tiempo pero nunca me había atrevido hasta hoy. He venido al siglo XVII para asistir a las confesiones en los juicios de Salem. Dos hombres que quieren el mismo sitio provocan un altercado. Trato de alcanzar la salida entre codazos cuando me arrancan el pañuelo del pelo y mi melena violeta queda expuesta. Todos se detienen y me miran. El grito de un niño desgarra el silencio.
—¡Bruja!
Por Adella Brac.

 

En la década de 1500, el monje se arrodilló en silencio. Las paredes de piedra atestiguaban las confesiones susurradas con temor. Rodrigo, con voz temblorosa, reveló sus luchas internas y haber cedido a la tentación de la envidia, permitiendo que el resentimiento creciera en su corazón hacia un hermano monje que recibía el reconocimiento de la comunidad por sus virtudes. Pecado que amenazaba con fracturar la armonía del mismo monasterio. Fue el primer paso hacia la redención.
Por Marlen, del blog El blog de Trujamán.

 

Una década después de perder su casa, su trabajo y a su esposa, el rechazo moral era peor que el rechazo social. Las confesiones con su terapeuta eran lo único que impedía que se sintiera una escoria humana. Le costó mucho centrarse en sí mismo. Sobre todo, cuándo exhibió sus miserias en el albergue social. Pero poco a poco, logró no ahogarse en su dolor; consiguió un trabajo a media jornada y ahora, nada le importa más que ver el amanecer de un nuevo día. Atrás quedaba el dolor y la amargura.
Por Nuria de Espinosa, del blog Bitácora Literaria.

 

Nunca he leído las Confesiones de San Agustín, pero si algún día hacen una serie, igual la veo. Creer en algo, en una década cada vez más relativista, es digno de esperanza. Está muy bien pensar en uno mismo, pero no como el origen y el final de todo. Creer que hay algo más, no sé si será autoengañarse, pero si sé que será nuestra salvación.
Por Lorenzo.

 

No fue una tarea sencilla. Aquellos pobres diablos chillando de dolor, cubiertos de costurones de sangre seca. Pero les arrancamos las confesiones. Yo mismo me hice cargo del asunto. El jefe me había otorgado poderes inquisitoriales. El emblema sobre mi pecho, de un rojo tan intenso como la sangre que habían derramado aquellos infelices, lo mostraba a todo el público presente. Ningún reproche o duda. Todos obedecían desde hace una década. Me levanté del taburete y me puse los guantes otra vez.
Por Manuel.

 

Durante una década, el perro callejero vagó entre las sombrías calles de un pueblo minero, compartiendo confesiones mudas con las estrellas nocturnas. En sus ojos cansados, reflejaba el mismo propósito de sobrevivir otro día más. En las esquinas polvorientas, escuchaba los ecos de los mineros compartiendo sus fatigas y esperanzas. A pesar de los años, permaneció fiel a su territorio, anhelando encontrar un hogar en aquel lugar áspero que le vio nacer y de repente, sin notarlo, morir.
Por Ayirez.

 

No lo puedo creer. Allí, frente a mí, se encuentra el amor de mi vida. Hace una década que no nos vemos y sigue siendo el mismo, apuesto, caballeroso y con un aura de inocencia que le permite estar rodeado de mujeres. Una parte de mí quiere que no me recuerde. Me siento fea y vieja. La otra desea acercarse y decirle que le molestó no aparecer en su libro: Confesiones de un vampiro. Él me juró que era la única mujer que había amado y que por eso no bebía mi sangre. Yo merecía un capítulo entero.
Por Francisco Velandia, del blog Pacho escribe.

 

Sentado en el confesionario de su pequeña iglesia, el cura Manuel reflexionaba la última década de confesiones. Con el tiempo, iba menos gente pero no cambiaban los motivos. Él callaba muchas cosas, secretos inconfesables que le estaban martirizando. Sentía que ya no era el mismo que cuando se ordenó sacerdote. Miró a la silenciosa Cruz y, murmurando una disculpa, salió del confesionario, se quitó la sotana y empezó una nueva vida.
Por Do.Lobera, del blog Do.Lobera.

 

Año tras año es lo mismo. Después del catorce de febrero, te haces la promesa de que el próximo será el bueno. Lo dices desde hace casi una década y veo como vas de uno a otro y en ninguno me encuentras. Espero el momento que te detengas, abras los ojos y me veas. No es tiempo de confesiones. Podría haberte hablado, pero solo soy un muñeco, condenado a verte sufrir por amor. Tal vez nunca sepas que, con un beso, me hubieras traído de nuevo a la vida: a tu vida.
Por José Torma, del blog Cuentos, historias y otras locuras.

 

Desde que llegó, el nuevo curita está desbordado por el desorbitado volumen de confesiones que debe atender: todas las mujeres del pueblo, con su lista de pecadillos, desfilan a diario por la celosía de madera. Da lo mismo que las faltas sean triviales o que no se pise la iglesia desde hace una década, el caso es poder ver esa cara de ángel y escuchar esa voz celestial, aunque sea susurrando «un padrenuestro y tres avemarías».
Por Ana María Abad García, del blog Sin lápiz ni papel.

 

Las confesiones de la bruja incluían lo que acontecería en la próxima década de aquel mismo siglo; una verdad tan aterradora que, por un instante, asustó a la princesa de los mercenarios, mujer tan difícil de atemorizar. Razonando sobre ello, comprendió que solo tendría un final: morir o dar muerte. Y ella entendía que, ya estuviere en guerra lidiada o en guerra guerreada, la muerte, había que saber recibirla tanto como darla.
Por Daniel A.M., del blog La narrativa de Daniel A.M.

 

Una década después y el dolor es el mismo. De nada sirven las confesiones ahora, si tú ya no estás aquí para escuchar que todo aquello que te arrastró a la demencia, a edad tan prematura, fue real. También yo vi esas luces extrañas en el cielo en varias ocasiones. La diferencia entre tú y yo es que yo aún sigo con vida.
Por Rebeca Gonzalo, del blog Crónicas de la loca que cazaba nubes.

 

Nos reunimos casi todos después de una década sin vernos. Nos hicimos confesiones y desvelamos secretos guardados desde antaño. Nos dio lo mismo compartirlo porque nos liberamos. Fue así cómo supe que mi relación con él más que amistad fue amor, cosa que ignoraba. Dice el refrán que nunca es tarde, pero lo es para mí, porque él es uno de los ausentes sin posibilidades ni opciones de poder regresar.
Por lady_p, del blog courier12.news.blog.

 

Me siento a escribir, dispuesto a plasmar los hechos, antes de que pierda algún detalle. Está claro que no soy el mismo que empezó a escribir, hace una década, estos manuscritos que se han convertido en mis confesiones. Este que ahora empiezo será el quinto. El olor del papel y la tinta se mezcla con el de la sangre y lejía, que tardarán aún unos días en disiparse. La pluma rasga el papel, como horas antes el cuchillo rasgó su piel, y empiezo a rememorar.
Por Antonio Jimenez, del blog Escribe y golpea.

 

Abandonó su casa una tarde desapacible de enero. La oscuridad se iba extendiendo por la calle al ritmo de sus pasos perdidos. Al llegar al número 4, torció a la izquierda y comenzó a subir la pendiente que le llevaría al mismo barrio donde había encontrado a Ufi una década antes. Cada noche, acurrucada en su regazo, la preciosa gatita negra escuchaba, sus lamentos y confesiones inconfesables.
Por Noemí.

 

«La verdad y la mentira están en el mismo lugar, nuestro interior, pero cada uno elige a cuál de ellas abrazará cuando se va a la cama». Fue la última de sus confesiones, aquel viejo harapiento, ciego hacía una década, pedía limosna a cambio de su insolencia. Sería mala suerte o mala puntería, no lo sé, las mentiras siempre son más bellas que la verdad, pero aquel día arrojamos muchas piedras y solo la última le dio en la cabeza.
Por Carles Leo, del blog El páramo de Cales Leo.

 

Hace una década, en un pequeño pueblo, se cometió un brutal asesinato. Las confesiones eran escasas y el misterio permanecía oculto. Sin embargo, todos sabían que el culpable era el mismo. Un hombre solitario, atormentado por sus demonios internos, había perdido el control y había arrebatado vidas inocentes. Aunque la justicia nunca llegó, el peso de sus acciones lo persiguió hasta el final de sus días.
Por Cecy, del blog Enredados entre libros.

 

Si algo he aprendido en la década que llevo siendo sacerdote es que las confesiones de los moribundos son siempre sinceras. Por eso arrastro a este niño hacia la pira con una mano, por eso sujeto un cirio con la otra. El abuelo, en su lecho de muerte, me reveló la identidad del pequeño: el Anticristo. No tiene marcas en la piel ni en el carácter, pero es lo mismo. Las últimas palabras son siempre sinceras.
Por Anabel Samani, del blog Anabel Samani.

 

El mismo día, solo que una década después, en el mismo lugar, sintió la necesidad imperante de hacer confesiones que tenía guardadas desde ni sabía cuánto, era cuestión de liberar tantas angustias que oprimían su garganta y mucho más su alma, con su mirada perdida comenzó a ponerlas en palabras que se diluían en lágrimas, así pudo algo aquietar su ser… su escucha era el cielo de ese lugar.
Por Diana Rosa Conti.

 

Tras una década de silencio, el mismo cuento de siempre, las confesiones tardías de los testigos fueron trágicamente anuladas cuando el acusado principal fue apuñalado en la cárcel, ya no había nada que hacer, que caso tendría ahora que un inocente pagó con su vida el crimen de otro. El fiscal general recibió una llamada en su elegante oficina, al otro lado de la línea el interesado en acallarlo, todo le agradecía sus servicios. El fiscal colgó el auricular sintiendo un mal sabor en la boca.
Por Bruja Urbana, del blog Cultura urbanita.

 

Las confesiones me tienen aburrido. Cada vez el mismo diálogo, las mismas mezquindades. Puedo reconocer a cada uno por su voz, pasos y pecados. Las penitencias no surten efecto, solo la mía. Llevo una década en este poblado y nunca han dudado de mi vocación. En cinco años prescribió mi deuda con la justicia, pero la paz, la buena comida, el aire puro o la desidia, me impiden volver a mis andanzas citadinas. Soy un carepalo.
Por Saricarmen, del blog Desde El Cielo.

 

Mi cuarta década de vida había comenzado de forma anodina. Me ahogaba en años de espera… o de desesperación. Pero el tiempo, inexorable, te va moldeando y ahora mismo siento que ha llegado el momento de las confesiones incómodas. No, no pienses que voy a cobrarme venganzas ni favores debidos. Solamente espero que entiendas que el mundo no gira a tu alrededor, ni siquiera eres el satélite de mi historia. Las lágrimas, los desvelos… los convertí en fortaleza. Y hoy, por fin, soy libre.
Por Javier Sánchez Bernal, del blog La buhardilla de Tristán.

 

Durante la última década, en la penumbra de su habitación, el anciano repetía una y otra vez algunas confesiones que le rondaban por la mente sin tregua alguna. Su voz, un susurro cargado de remordimiento, relataba los secretos guardados por años. En aquel rincón solitario, las paredes eran testigos mudos de su pesar. Cada confesión era un peso que aliviaba su alma, aunque el eco de sus palabras nunca abandonaba el mismo espacio.
Por María Martínez, del blog Aria Martínez.

 

¿Cuánto era que se conocían? Una década al menos, tal vez más. Ya no se recordaba; no quería hacerlo, ¿para qué? No tenía sentido. Todo había cambiado; aún si él siempre era el mismo. De todos modos, no había llegado el tiempo de las confesiones, no para ella. Todavía podía disfrutar de las mañanas, del buen café, de pensarlo y sonreír.
Por Alma, del blog Fragmentos de Alma.

 

No ha sido suficiente una década para borrar cada una de nuestras confesiones en secreto, como tampoco el recuerdo de los gritos enfurecidos de la multitud que me rodeaba entonces, en este mismo lugar, frente al cadalso. Es un silencio asfixiante el que me rodea ahora, cuando te recuerdo, firme y orgulloso, aun con la soga alrededor del cuello. «¿Qué hemos hecho mal?», te pregunté apenas una hora antes. «Querernos», me respondiste.
Por Patricia.

 

Había pasado algo más de una década desde que él mismo llegara a la conclusión de que su vida había cambiado. Tras las confesiones que hicieron uno y otro, nada volvió a ser igual. La desconfianza aparecía con frecuencia y en este tiempo habían sido demasiadas las veces en las que estuvo presente. Él mismo intentó borrar de su mente aquel día, pero las palabras seguían ahí, aquella confesión, que empezó como una conversación trivial, había llenado de mayúsculas su cabeza.
Por Ana, del blog Cuéntame algo…, mejor, escríbemelo.

 

En ésta década, he aprendido a hablar con mis demonios, sin tener que desprenderme de ellos. No siempre es fácil, pues, algunos están muy arraigados y yo no soy de hacer muchas confesiones a los demás, aunque puede que eso ayude. Los tengo de todas clases, tentadores, irritantes, iracundos, futboleros e incluso alguno, me apremia a escribir canciones y poemas, con el estrés que eso conlleva, pues es difícil ser escuchado o leído en estos tiempos, por eso intento ser yo mismo.
Por Coronado Smith, del blog Divagaciones poétricas… y de las otras, de uno que no sabe.

 

Las confesiones consigo mismo no estaban dando resultado. Ya había transcurrido una década desde esos inicios torpes, incluso diríamos que chapuceros, cuando decidió dejarse llevar por sus anhelos más íntimos, oscuros y gloriosos. Pero el remordimiento seguía allí asfixiante e intacto como el primer día; no había modo de que lo abandonara. Era hora de buscar otro receptor para desahogarse con el relato de sus pecados; lástima para él porque tal vez, tuviera que matarlo.
Por NO SOLO LEO, del blog No solo leo.

 

Durante una década la tía Ramona siempre se vestía con el mismo vestido de florecillas azules, le entallaba bien y el color le favorecía. Caminaba hacia la estación del metro y después de algunas horas regresaba a la casa, Nunca sabíamos por qué esas salidas, tampoco nos atrevíamos a preguntarle. Años después en una reunión familiar por sus confesiones nos enteramos que su larga espera, al estilo «Penélope» era queriendo encontrar a Eduardo, su enamorado, y ese vestido fue con el que le conoció.
Por Minerva Hernández García.

 

Las confesiones son innecesarias. Basta con echar un vistazo alrededor, dondequiera que estemos, para ver que nuestras tecnologías no están, ni mucho menos, al mismo nivel. La suya es mega-superior. Aun así, los metamórficos se jactan de haber llegado al menos una década antes que nuestra primera expedición. Menuda hazaña… Lo que me lleva a hacerme dos preguntas: ¿De dónde? O, mejor. ¿De cuándo han venido?
Por MJ RU1Z, del blog EleeaBooks.

 

Aunque hayan pasado década tras década, yo sigo siendo el mismo. Y no necesito hacer ante nadie, ni al espejo que es quien mejor me conoce, esas típicas confesiones morbosas; sí, esas, tan del agrado de quienes parecen carecer de su propia vida. La verdad es que; tanto las pocas cosas buenas que yo haya hecho, como las bastantes malas en toda la vida; formaran parte de mi historia. Y, si aquello que no estuvo bien, me ha servido para aprender a no repetirlo, creo que es una lección recuperada.
Por jm vanjav, del blog jm vanjav hasta en 500 palabras +

 

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