
(Este reto consiste en escribir, cada mes, un relato de 5 líneas que incluya las tres palabras propuestas. Si eres nuevo por aquí, te pido que leas cuidadosamente las normas.)
AGOSTO:
Llegamos, reconocer y gustaría.
Hay que reconocer que la vida no es como nos gustaría. A veces nos regala momentos bonitos y otras nos da un bofetón que nos hace castañetear los dientes. Llegamos llorando y nos vamos siempre antes de lo que querríamos. Por eso, aunque suene manido, hay que dar gracias por cada minuto que estamos vivos. Este cinco líneas llega tarde y escaso de palabras, pero es que con el temblor de dentadura me cuesta escribir.
Por Adella Brac.
Cuando llegamos a una edad, no buscamos ni cosas ni gente extraordinarias. Sólo nos gustaría estar con esa persona que nos diera amor, que nos diese paz, que supiera quiénes somos y con qué pequeñas cosas nos conformamos. Reconocer esto ya es un primer paso, para buscar a esa persona, para encontrar la felicidad.
Por Lorenzo.
Nunca nos llegamos a reconocer la una en la otra, tan distintas y tan iguales al mismo tiempo, siempre marcando distancias, siempre compitiendo entre nosotras, cuando la luz de una se reflejaba en la mirada de la otra. Sin embargo, ahora que ya no estás, me gustaría volver a abrazarte y mirarme en tus ojos, mamá, del mismo color turquesa que los míos.
Por Rosalía Guerrero Jordán.
Llegamos a la playa, donde el mar es infinito de un color azul precioso, la arena brilla bajo los cálidos rayos del sol. Pero hoy no es así, hace tiempo que no es así. Cuesta reconocer la playa plagada de gente como hormigas, con una arena que arde bajo los pies si eres capaz de ver más de un palmo de ella, y donde el mar antes refrescante, ahora parece una sopa templada… Aún así, nos abrimos camino entre toallas, hamacas y sombrillas para poner nuestras pocas pertenencias e irnos directos al agua. Para soñar e imaginar que la playa vuelve a ser como antaño. Cómo nos gustaría, poder retroceder en el tiempo para disfrutar de la tranquilidad de la playa desierta…
Por Do.Lobera, del blog Do.Lobera.
He de reconocer que desde que llegamos al nuevo hogar no he salido de casa. A mi pareja le gustaría que paseáramos juntos. ¿Para qué?, si dentro estamos tan a gusto; tenemos de todo y en buenas condiciones, y ver las vistas desde el ventanal ya es un gran espectáculo. Pero me insiste cada día, y a mí pensar en prepararme para cruzar la puerta me da mucha pereza: el traje, la escafandra… No sé si fue buena idea mudarnos a la Luna.
Por Luna Paniagua, del blog Luna Paniagua.
Nunca llegamos a entendernos; era como hablarle a la pared; nada de lo que yo hacía le interesaba. Renuncié a muchas cosas, una de ellas… trágicamente irreemplazable. Día a día, intenté amoldarme; pero finalmente tuve que reconocer que todo había sido en vano. Desde un principio aguanté por mis hijos e incluso soñé con cosas que me gustaría haber vivido con ella; hoy, viejo y perdida toda esperanza, me he marchado.
Por Daniel A.M., del blog La narrativa de Daniel A.M.
Apasionado por los retos de escritura, Alejandro participaba cada noche en alguno. Aceptó preparar un microrrelato que incluyera las palabras llegamos, reconocer y gustaría. No fue complicado, el problema fue a la hora de hacer la transmisión, recibió una llamada de la empresa en la cual trabajaba. Se presentó algo urgente que exigía su presencia. Al regreso, habían pasado unos minutos después de la medianoche y no pudo enviar la obra.
Por Óscar Quijada Reyes, del blog Unas páginas más.
De regreso a casa, llegamos algo aturdidos, por lo vivido aquella tarde. Aunque he de reconocer, que a cualquiera le gustaría sentirse protagonista de una escena de este tipo. De hecho, ahora no paran de pedirnos autógrafos cuando salimos por el barrio, y eso que simplemente, mi esposa y yo, nos dedicábamos a hablar y mirarnos a los ojos sentados en un banco del parque sin pantallas de por medio, mientras el resto con sus móviles tomaban fotos.
Por Natividad Villar Martínez.
Llegamos al pueblo justo cuando el reloj de la plaza marcaba las doce. Éramos tres amigos, una furgoneta que hacía más ruido que un tractor y una dirección anotada en una servilleta.
—¿Seguro que es aquí? —preguntó Mateo.
—Segurísimo —respondí, aunque la verdad es que no reconocía ni la plaza ni el pueblo.
Entramos en el único bar abierto. Un anciano nos observó desde la barra con una sonrisa sospechosa.
—Buscamos la casa de don Anselmo —dije.
El hombre dejó lentamente el vaso.
—¿Para qué?
—Nos gustaría hablar con él sobre una herencia.
El anciano palideció.
—Entonces sois vosotros…
Nos miramos.
—¿Nos conoce?
—Claro que sí. Os estaba esperando.
Silencio.
Mateo tragó saliva.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace treinta años.
Aquello no tenía ningún sentido. Don Anselmo había muerto hacía una semana.
El anciano señaló la puerta.
—La casa está al final de la calle. Pero os advierto una cosa: nadie que ha entrado allí ha vuelto a salir.
Mateo se levantó inmediatamente.
—Perfecto. Pues yo ya he visto bastante patrimonio.
Salimos corriendo.
Al llegar a la furgoneta, encontramos un sobre en el parabrisas.
Dentro solo había una frase:
«Llegáis tarde. Y yo… ya os puedo reconocer».
Por Nuria De espinosa, del blog Bitácora Literaria.
No dejó de parlotear hasta que llegamos al claro del bosque en el que yo tenía que reconocer el lugar de nuestra primera cita. No había en mí ni interés ni voluntad de hacerlo. Para ser sincero, lo que me gustaría es que no hubiera salido de su urna de cristal.
Por Teresa Alvarez.
Llegamos a la vieja casa familiar al anochecer. Mi hermano insistió en buscar las fotos del abuelo, pero al cruzar la puerta, el olor a humedad y hierro me revolvió el estómago. No me gustaría admitirlo, pero la oscuridad del pasillo se sentía siniestra. Sonaron pasos desde arriba. Al encender la linterna, una silueta nos observó desde la escalera; tardé unos segundos en reconocer a nuestra madre, quien sonreía con dientes afilados, sin embargo, ella llevaba tres años muerta.
Por Cecy, del blog Enredados entre libros.
Llegamos cuando la luz del atardecer apenas dibujaba el contorno del paseo. Llevaba a mi hijo de la mano, esquivando charcos recientes y el olor a salitre que el viento traía desde el puerto. Me detuve frente a la barandilla de piedra para reconocer los rincones donde aprendí a andar en bici, ahora extrañamente pequeños bajo mis ojos nuevos. Él señaló una gaviota solitaria en el espigón y apretó mis dedos con curiosidad limpia. Me gustaría poder congelar este instante exacto: el frío en las mejillas, su risa templada y el peso leve de compartir un pasado.
Por Gaizka DC, del blog fohoma.
Nos levantamos antes de que se encendiera el sol y caminamos durante un buen rato por piedras y barro porque aún no estaban puestas las calles. Cuando llegamos a la playa, en medio de una absoluta oscuridad, nos costó reconocer la orilla en medio de tanta negrura, así que clavamos la sombrilla donde mejor nos pareció, colocamos las esterillas debajo y nos sentamos a esperar. En vano. Me gustaría que nos hubieran avisado de que hoy las vacaciones cerraban por descanso del personal.
Por Ana María Abad, del blog Sin lápiz ni papel.
Llevo los zapatos llenos de barro. Me gustaría saber si estamos llegando ya al condado. Las ropas no pueden pesarme más por el agua y la mugre. No sé si llegamos en buen momento, cuando el conde y su supuesto hermano se disputan el título. Sea como sea tendremos algo que comer. Y por nuestra parte, tendremos que reconocer al que gane, el que sea, porque será el que nos de techo, comida y protección.
Por Laura L. Ruiz.
Debo reconocer que el lugar es mejor de lo que imaginaba. Llegamos antes de lo que ambos pensábamos, por haber abusado del acelerador. El alojamiento es una maravilla y las vistas, preciosas. Solo me gustaría poder encontrar algún teléfono, pero ya sabemos que en el cielo no tienen ninguno.
Por Rubén Cerdá Berenguer, del blog raedura.
Aunque no llegamos a reconocer que aquella travesura la habíamos cometido nosotros, nuestra madre siempre lo supo. No se preocupó demasiado por ello. Al fin y al cabo, éramos solo unos niños que jugaban con la hija del jardinero, ¿verdad? Angelitos. Hay días en que me gustaría pedir perdón a la familia, pero no tendría ningún sentido puesto que mi padre, con su gran chequera, dejó bien claro, antes de sustituir al personal del servicio, que no fue más que un accidente.
Por Aurora Rapún, del blog La historia está en tu mente.
En nuestra corta o larga vida, no siempre llegamos a reconocer los grandes o pequeños errores que cometemos. A veces causamos dolor sin querer, sin ser conscientes de las heridas que dejamos en el camino. Por eso me gustaría que pudiéramos detenernos y hacer una reflexión profunda sobre nosotros mismos y nuestros actos. Desde aquí, pido perdón de corazón a todos aquellos a quienes haya podido dañar o causar dolor, de manera consciente o incoscientemente a lo largo de mi vida.
Por MANUEL, del blog En busca de la Luz.
Llegamos a la piscina y como te había prometido, el sauce estaba a la sombra esperando por ti. Allí entre los rayos de sol y las hojas titilando podía reconocer tu mano suave y menuda acariciando mi cara. El calor jugaba con la brisa y tú jugabas con mis dedos ¿A quién no le gustaría ese toque de pianista? Alabé tu mano. Yo no podía verte porque seguía con los ojos cerrados pero soltaste esa risilla nerviosa que te sale cuando algo te avergüenza y supe que te habías sonrojado.
Por laura torres.
Durante el viaje evocamos rostros y compartimos detalles de nuestros compañeros de clase. «Cuánto me gustaría poder encontrarlos a todos y abrazarlos después de tantos años». Iba ilusionada. Cuando al fin llegamos, pasado un rato me di cuenta que pude reconocer a muy pocos. Habíamos cambiado, algunos demasiado. A otros ya nunca volvería a encontrar.
Por saricarmen, del blog Desde El Cielo.
Me gustaría saber cuando llegamos a reconocer que nos habíamos perdido, pero nadie quería dar su brazo a torcer, así que costó que alguien lo dijera en voz alta. El camino parecía sencillo, una línea recta bien definida, con apenas alguna curva, sin embargo, en algún momento, deberíamos haber tomado un desvío, nadie lo vio, nadie se imaginaba que aquel camino infinito no era el correcto. Una o dos horas, quizás tres, después era tarde para reconducir la situación, tuvimos que seguir adelante. Os extrañará que no utilizáramos el camisender portátil, ninguno de nosotros pensó que fuera necesario.
Por Ana, del blog Cuéntame algo…, mejor, escríbemelo.
El camino está tomando más tiempo del que me gustaría. Los niños preguntan y tienes que medir tus respuestas, reconocer cuando cometiste un error. Marcial sigue enfermo, su palidez me preocupa, aunque al menos ha dejado ya de vomitar. El resto van serios. Cuando llegamos a la gasolinera todos corren al baño, menos Susana que sigue preocupada. Ella fue la primera víctima. Y así, sin chiste, por una indigestión, empezó el apocalipsis zombie.
Por José Torma, del blog Cuentos, historias y otras locuras.
A todos nos gustaría vivir en un mundo feliz; pero ¿qué entendemos por un mundo feliz? Para mí es un lugar donde llegamos a aceptar realmente todas esas diferencias que nos hacen únicos entre millones, donde podemos reconocer nuestras propias deficiencias sin amargarnos, o ¿nos gustaría poder crear un mundo donde la perfección solo esté en lo que decimos que es, sin mediar opiniones extranjeras a nosotros? Lo importante es que nuestro concepto de mundo feliz es tan único y personal que verdaderamente no importa la respuesta que demos, moralmente es aceptable.
Por Yesenia Rojas, del blog El baúl de Yes.
Alicia, Yocasta y María llegaron a la casa en la montaña. Había alguien en la casa y les preguntó:
—Por cuanto tiempo se quedarán.
—Llegamos para pasar el fin de semana, porque teníamos una casa cercana que nos prestarían, pero se canceló el préstamo.
—No hay inconveniente, nosotros nos marchamos mañana, ya tenemos cuatro días aquí es hora de volver a la ciudad. con el calor de siempre. Hay que reconocer que cualquiera se queda aquí en Jarabacoa, donde siempre es primavera.
—Mildred nos informó que había personas aquí en la casa, pero como es espaciosa nos dijo podríamos venir.
—Le confieso que a nosotras nos gustaría poder vivir aquí por siempre, con este clima maravilloso de Jarabacoa y tantos pinos y plantas hermosas siempre florecidas. Esto es un paraíso. Un pueblo entre montañas de pinos con un clima maravilloso y solo a dos horas y media de Santo Domingo. Es que República Dominicana lo tiene todo.
Por Minerva Hernández García.
Cada tarde, Venancio escribía en el banco de la estación y los vecinos decían: espera a alguien que nunca llegará. En su cuaderno, mientras el reloj respiraba, anotaba trenes y una frase: me gustaría saber cuándo. Una mañana escribió: cuando llegue la señal, debo reconocer el silbido, aunque no haya tren. Cerró el cuaderno, dejó la llave en el banco y caminó hacia el andén vacío. El tren no apareció, o quizás sí, cuando llegamos él ya no estaba y nadie supo si ya se fue o lo soñó.
Por Marlen, del blog El blog de Trujamán.
¿Sabías que mis suscriptores conocen las palabras del reto antes que nadie?


