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(Este reto consiste en escribir, cada mes, un relato de 5 líneas que incluya las tres palabras propuestas. Si eres nuevo por aquí, te pido que leas cuidadosamente las normas.)

Medallero

 

MEDALLA DE PLATA: Manuel Cañizares Sales.

MEDALLA DE BRONCE: Rubén Cerdá.

 

¡Enhorabuena a los dos!

 

SEPTIEMBRE:

Zapatos, regreso y playa.

 

 

Regreso de la playa con las deportivas llenas de arena. Doy pisotones por el camino de entrada a casa para desprenderla. Al entrar, la puerta tropieza contra los zapatos del cadáver. Aquel demonio dijo que si lo mataba caería en un círculo del infierno pero lo único que ha pasado es que tengo el suelo del salón lleno de sangre negra coagulada. Regreso de la playa con las deportivas llenas de arena. Doy pisotones por el camino…
Por Adella Brac.

 

De mi regreso podría contar que la nostalgia se me fue diluyendo a través del aire que entraba por la ventanilla. Primero rompí la imagen de la playa, oculté sus atardeceres y la brisa del mar sobre mi piel, cambié en la radio la canción del verano por una de música clásica. Abandoné en la carretera, los bañadores, bronceadores y toallas y rescaté las chaquetas de entretiempo. Y justo cuando entraba en el garaje de casa, antes de bajarme del coche, cambié mis sandalias por unos zapatos cerrados. Entré en casa, como si el verano fuera cosa del pasado.
Por Natividad Villar Martínez.

 

Cuando eres joven, crees que el mundo es infinito. A medida que la vida te pasa por encima, te das cuenta que todo es como el final de El Planeta de los Simios, que llegas a una playa y descubres que siempre has estado en el mismo planeta, en el mismo sitio. Por más que corran tus zapatos, el regreso siempre es inevitable, volvemos al mismo lugar del que quisimos un día escapar.
Por Lorenzo.

 

Saco el pañuelo del abrigo y me sueno la nariz. El viento es frío. Dejo los zapatos sobre las piedras secas. Camino hacia la orilla de la playa desierta de enero. El agua me corta la piel de los tobillos hasta adormecerlos. Salgo a los pocos segundos con los pies rojos y llenos de arena pegada. Vuelvo a la montaña de mi ropa, cojo la tela arrugada y me froto los empeines con cuidado antes del regreso. Al doblarlo, distingo los dos borrones negros de rímel seco que dejó ayer.
Por Gaizka DC, del blog fohoma.

 

El mar empujaba a los jóvenes como marionetas rotas, braceaba desesperadamente. Una ola los sumergió, le faltaba aire, los dedos engarfiados en el pelo del muchacho perdían fuerza y fue en ese instante cuando su pie tocó fondo y comenzó el regreso. Al dejar al muchacho sobre la arena de la playa, se derrumbó exhausto. A su alrededor todo era actividad, sanitarios… Pero él solo contemplaba el montoncito de ropa, bien doblada, ordenada, y sobre ella un par de zapatos relucientes.
Por MANUEL, del blog En busca de la Luz.

 

Obtenida la información, se dirigió al punto de extracción. Como faltaban varias horas para esta, optó por esconderse en la cabaña de un pescador con el que compartió un rato pasional. Llegó la noche; él dormía; ella oteó las aguas cercanas hasta que emergió el submarino que la llevaría de regreso. Corrió por la playa, se descalzó y nadó hacia el sumergible. Tras amanecer, él encontró sus zapatos sobre la arena; no lo había soñado.
Por Daniel A.M., del blog La narrativa de Daniel A.M.

 

Tras la visita a la playa, regreso a la nave con los zapatos llenos. No puedo volver sin una prueba que demuestre que he aterrizado, que he salido al exterior y que en este lugar, hasta la arena es morada. Con lo que no cuento es con que las naves de última generación solo despegan si llevan el peso justo. Derramo un poquito por la compuerta. Lo vuelvo a intentar. Derramo otro poquito y otro. Aprisiono entre dos dedos de los pies el último grano y suelto la respiración, por si pesa.
Por Aurora Rapún Mombiela, del blog La historia está en tu mente.

 

«Tras el regreso»
Todavía llevaba polvo del Gran Cañón en mis zapatos cuando emprendí el regreso. Me resistía a creer que aquellas paredes rojizas, aquellas grietas vertiginosas de Colorado fueran a quedar convertidas, en unas horas, en fotografías dentro de mi teléfono.
Pero todo tiene un último día. Al llegar a casa, abrí las ventanas. La misma calle, los mismos ruidos, las mismas obligaciones esperándome con una paciencia implacable. Dejé la maleta en un rincón y coloqué los zapatos junto a la puerta. Aún conservaban aquel polvo rojo, como si se negaran a aceptar que habíamos vuelto. Sentí una punzada de melancolía. Después salí a caminar hasta la playa. El mar estaba tranquilo y el horizonte se extendía, azul y luminoso, pero yo buscaba sin encontrarlo aquel otro horizonte imposible que había dejado al otro lado del mundo. Mientras las olas borraban mis huellas, la rutina había vuelto. Sin embargo, algo de mí se había quedado allí, suspendido sobre el abismo, escuchando el viento entre las rocas. Y quizá por eso, me niego a limpiar los zapatos cubiertos de polvo rojizo; porque sé que todavía no he regresado del todo.
Por Nuria De espinosa, del blog Bitácora Literaria.

 

Con pesar nos subimos al coche dejando atrás la playa con su fina arena y sus olas que siguen meciéndose al ritmo del mar. La playa, ajena a nuestra partida, sigue y seguirá en el mismo lugar. A nosotros nos toca volver, volver al trabajo, a la rutina y al gimnasio.
El regreso no es fácil, si los niños lloran al volver al colegio, los adultos nos tragamos nuestras lágrimas y nos ponemos los zapatos de vestir para empezar otra vez. Los mismos zapatos que nos dan la bienvenida al llegar a casa, bien pulidos y brillantes.
Por Do.Lobera, del blog Do.Lobera.

 

Inicié el regreso a la orilla porque el sol comenzaba a esconderse. Al salir del agua noté que algo no estaba bien. No encontraba la ropa y el calzado por ningún lado. Estaba rodeada de extraños que no dejaban de mirarme. ¿Me había equivocado de playa?
La angustia fue tan grande que desperté sobresaltada, alegrándome al descubrir que sólo se trataba de un mal sueño. Antes de volver a acomodarme en el lecho me acaricié con alivio la cola irisada. Zapatos, menuda pesadilla.
Por Rubén Cerdá, del blog raedura.

 

Había bebido mucho. Demasiado. De esa noche solo recuerdo la arena en mis labios, el dolor agudo entre mis piernas, y sus zapatos a la altura de mis ojos, alejándose de allí. Siempre que escucho el rumor de las olas regreso a ese momento, al día en que aprendí a odiar la playa.
Por Rosalía Guerrero Jordán.

 

El camino de regreso de la playa lo entristece siempre. El cuerpo le arde y es probable que no pueda dormir. Su madre siempre tiene un ungüento que ayuda. Duda que hoy funcione. Tiene los ojos rojos pero el corazón feliz y desbordado. Cruza la pierna y se limpia la arena de los pies. Siempre se asombra de la cantidad que puede esconderse entre sus dedos. Cuando termina, busca a tientas en el suelo y se sabe en problemas. Su madre lo va a matar. Olvido los zapatos en la palapa.
Por José Torma, del blog Cuentos, historias y otras locuras.

 

Me quito los zapatos y camino por el parque saboreando el roce de la hierba en mis pies descalzos. De regreso a casa, echando de menos las largas tardes del verano, rodeo el charco que la lluvia ha dejado en uno de los senderos de arena. El vuelo rasante de un gorrión levanta diminutas olas en su superficie, envolviéndome en aromas de espuma y de sal, de palmeras y de tardes al sol. Ni me lo pienso: salto dentro del charco y me pierdo en esa playa, no por ficticia menos deliciosa.
Por Ana María Abad, del blog Sin lápiz ni papel.

 

En la playa, el día se quedó sin luz y nadie se atrevió a romper el silencio.
Ella miró el eclipse mientras sus zapatos se hundían lenta y silenciosamente en la arena.
Durante unos minutos, el cielo pareció guardar un secreto que sólo ellos conocían.
Cuando volvió el sol, él le dijo que aquel instante sería imposible de olvidar y la promesa no formulada quedó percibida, esperando.
Ella sonrió, seductora, sabiendo que algún día habría un regreso a aquella mágica playa.
Por Marlen, del blog El blog de Trujamán.

 

El regreso es lo que más nos cuesta a nosotros que tan solo somos un par de zapatos. Un par de zapatos que odia la playa por tanta arena que se acumula, por hundirnos en la nostalgia del pasado, por que no es para nosotros la incertidumbre del suelo. Cada regreso es un puñal y solo queremos avanzar, desgastarnos ir hacia donde sea con pocas certezas, pero con el suelo estable.
Por David Coloma García, del blog Blog de poesía y microrrelatos.

 

Equivoqué el camino y en lugar de llegar a una playa, llegué a un desierto, tan inhóspito que, a falta de cualquier otra herramienta, tuve que usar mis zapatos y excavar en la arena tan profundo como pude en busca de agua. Estuve a punto de enloquecer bajo el sol abrasador. No me explico aún el regreso del agua a mi cuerpo. Ser extraterrestre y aprendiz de la vida terrícola es toda una hazaña.
Por Rebeca Gonzalo, del blog Crónicas de la loca que cazaba nubes.

 

Todos estaban emocionados empacando para ir a la playa. Una vez que terminamos, guardamos las cosas en la cajuela y nos subimos al carro. El trayecto duró media hora mientras observábamos el paisaje. Al llegar acomodamos la carpa, sacamos la hielera con cerveza y botana. Algunos se quedaron platicando en la sombra, mientras otros nos quitamos la ropa y los zapatos para entrar al mar. Nadamos y jugamos en la arena toda la tarde. El regreso a casa fue cansado, viendo como el sol se ocultaba en el horizonte.
Por Cecy, del blog Enredados entre libros.

 

El regreso a los zapatos a tu vida es lo que marca el fin del verano. Has pasado frío y hasta te has puesto calcetines con las sandalias para retrasar ese momento lo máximo posible. Pero llega. Meter de nuevo los pies en esas paredes estrechas, limitando el movimiento, te hace preguntarte cómo has podido vivir diez meses ahí dentro. No solo acaba la libertad de la pisada, sino que te impide volver a sentir la arena de la playa entre los dedos hasta el lejano próximo verano.
Por Laura L. Ruiz.

 

Ya estaban de regreso, entró y fue rápido a su cuarto con su equipaje. A pesar del cansancio, no dejó nada desordenado. Empezó por la bolsa que contenía los asuntos relacionados con juegos. A continuación, sacó lo que llevaba en el bolso. Al vestirse, también ubicó la ropa y los zapatos donde correspondía. Era el procedimiento que seguía al volver de la playa. Tal y como le enseñó su madre, con solo dos años colocaba cada cosa en su lugar.
Por Óscar Quijada Reyes, del blog Unas páginas más.

 

El microrrelato de los zapatos daba vueltas una y otra vez en su cabeza, como un eterno regreso, en busca de inspiración. Escribir algo tan bueno era más que un sueño. Su papelera estaba llena de malos despertares. Se preguntó si realmente merecía la pena seguir intentándolo. Bajó a la playa en busca de una respuesta y se sumergió en las aguas.
Por Teresa Alvarez.

 

Suelo regresar el mismo día de la playa, mis paseos eran cortos pero sustanciosos en cuanto al descanso emocional que buscaba. Curiosamente, ese día trataba de postergar el regreso. Con los zapatos en la mano, caminaba lento sobre la arena, midiendo cada paso, haciéndolo durar todo lo que podía. Ese día no quería volver a casa, como si algo en mi interior me instara a quedarme allí por más tiempo, todo el tiempo posible. Cuando por fin regresé la escena frente a mis ojos confirmó mi presentimiento.
Por Bruja Urbana, del blog El baúl de Yes.

 

Cuando Rosa regresó de su fin de semana en Bahía de las Águilas, con más de diez kilómetros de playa virgen a su disposición, sin ninguna contaminación y ese hermoso azul del mar en esa zona sur de la República Dominicana se sentía dichosa. Estaba muy feliz, porque poder disfrutar del aire, el sol y el mar es maravilloso y nadar a diario en la playa en un lugar tan extraordinario, es una emoción sin descripción. Se sentaba en la arena y su regreso a la cabaña lo hacía descalza llevando los zapatos en las manos, para sentir la caricia de la arena bajo sus pies.
Por Minerva Hernández García.

 

Despertó con frío. Estaba tendido bocabajo sobre la arena blanca de una extensa playa, sin ropas ni zapatos, tan solo un minúsculo taparrabos. La belleza reinaba en ese lugar, tanto como la soledad. Había sido su enésimo intento por escapar, pero otra vez el mar lo traía de regreso. Sollozando se preguntó si alguna ver lo dejaría de intentar.
Por saricarmen, del blog Desde El Cielo.

 

Aunque había perdido los zapatos, apenas notó en los pies la arena seca de la playa. Tampoco sentía las miradas de la gente desde sus hamacas, tan intensas y dañinas como los rayos del sol. Apenas fue consciente de que alguien le echaba una manta por encima, mientras se desmayaba y pensaba en el abrazo de su madre; el último que le dio mientras él le prometía que un día estaría de regreso con una vida digna.
Por Luna Paniagua, del blog Luna Paniagua.

 

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Adella Brac

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